Durante décadas nadie supo qué demonios había dentro de aquel edificio marciano, aparcado cual nave extraterrestre en uno de los espacios naturales más hermosos del norte de España. Había sido inaugurada con pompa y boato el 21 de septiembre de 1971 por el ya vetusto dictador Francisco Franco. Costó 7.500 millones de pesetas "de las de entonces". El lugar se eligió políticamente muy bien. Alimentaría a la industria vasca pero la pondrían en Burgos, justo en el límite provincial. Las oficinas centrales estaban en Bilbao, de donde era la mayor parte de los ingenieros. Por eso, cuando finalmente empezaron a permitir visitas didácticas de escolares y jubilados, todos alababan la altísima calidad de su cocina (especialmente el bacalao al pil pil) y su nutrida bodega de excelentes riojas. La información ofrecida respecto a la seguridad de la planta quedaba relegada a contemplar los pavos reales, gamos y ocas que indolentes vagaban por el jardín. En el interior del edificio tan solo se enseñaba de lejos la sala de control, llena de palancas y botones, entre ellos el que Franco apretó el día de su inauguración. Nada malo podía pasar allí.

En realidad Garoña no se va a abrir. Ningún generalote volverá a apretar el botón

Pero pasó. El 6 de diciembre de 1989 llegó un teletipo muy preocupante a la redacción de Diario 16 Burgos. El entonces director Arsenio Escolar, que ahora dirige 20minutos, tuvo la ocurrencia de encargar la noticia a su colaborador más bisoño y atrevido, yo mismo. La rotura de una tubería provocó la parada del reactor y el escape de casi 100.000 litros de agua radiactiva que por suerte no llegaron al Ebro. El gas acumulado dentro del edificio, igualmente radiactivo, estuvo a punto de salir a la atmósfera. Tres años después de la tragedia de Chernóbil, un nuevo accidente nuclear amenazaba a ciudades tan pobladas y cercanas como Bilbao, Vitoria o Miranda de Ebro. Cuando logré entrevistar al gobernador civil, su cara de preocupación me confirmó la gravedad de un suceso que Garoña se empeñaba en minimizar. Estuvo a punto de activar el plan de emergencia nuclear y casi mejor que no lo hiciera. Por no haber, en muchos pueblos de la zona no había ni teléfono. Todo quedó al final en un susto. Pero no fue el único. En 20 años hubo 135 sustos más, o sucesos, como les gustaba denominarlos entonces. El 16 de diciembre de 2012, 23 años después de mi bautizo periodístico, el reactor burgalés dejó de latir.

Garoña es ahora un cementerio nuclear. En esas piscinas de agua azul cobalto que un día tuve el privilegio de ver de cerca se almacenan todas las heces radiactivas generadas a lo largo de sus 40 años de conflictiva existencia. Exactamente 2.505 barras de gastado uranio, peligrosamente radiactivo de aquí a los próximos entre 6.000 y dos millones de años. Apenas queda sitio para 105 barras más, insuficiente pues en cada parada de recarga se sustituyen 120. Si ahora el Gobierno decide, contra toda lógica, prolongar la vida útil del caducado cacharro, deberá antes buscar un cementerio nuclear a donde llevar toda esa peligrosa basura. Y el proyectado en Cuenca no está por la labor de hacerse.

La auténtica energía con futuro es la renovable procedente del sol, el agua y el viento

En realidad Garoña no se va a abrir. Ningún generalote volverá a apretar el botón de encendido. Detrás de las intenciones del Gobierno tan solo se busca crear el precedente de alargamiento de la vida útil de estas instalaciones más allá de toda lógica; de apuntalar la maltrecha energía nuclear a mayor gloria económica de las cuatro grandes compañías eléctricas que se reparten el bacalao (ya sin pil pil) de nuestros recibos de la luz.

La energía nuclear es el pasado, está tan muerta como la del carbón. La energía del petróleo es un presente viejuno en retirada. La auténtica energía con futuro es la renovable procedente del sol, el agua y el viento, pero tiene un grave problema. Su autoconsumo acabará con los monopolios. Y sin ellos tampoco habrá puertas giratorias. Por eso Garoña es la excusa perfecta para justificar lo injustificable.