La Navidad tiene mucho de retorno a ese origen que es la familia. Etimológicamente, esta palabra estaría relacionada con la raíz latina fames (hambre), el conjunto de personas que se alimentan juntas. Todas alrededor de una mesa, cuñados incluidos. Y es que no entendemos una celebración si no hay comida por medio.

En su apasionante libro La cocina de los filósofos (Ediciones Libertarias, 2002), Francisco Giménez Gracia plantea una teoría singular. No somos lo que comemos. Somos porque comemos. El ser humano es el único animal que cocina sus alimentos, gracias a los cuales ha podido desarrollar una extraordinaria inteligencia. Porque para cocinar es necesario tener una mente muy evolucionada capaz de imprimir nuestro sello personal, afectivo y estético a algo que, desde el minuto uno, se convirtió en puro placer. Placer colectivo, ya que nadie cocina con cariño para sí mismo, lo hace pensando siempre en hijos, padres, amigos o clientes. Con mucho amor, pero no platónico, pues precisamente el filósofo Platón criticaba con dureza esos banquetes donde se consumía "de todo hasta el exceso". La escuela de Epicuro, tan propensa a la búsqueda del placer, podría habernos ayudado a disfrutar de los gozos gastronómicos, pero prefirió recomendar la frugalidad sabedora de que las alegrías de una buena comida nos pueden traer luego serios quebraderos de cabeza, tanto por lo que hicimos como por lo que nos quedamos con ganas de hacer.

Antes de la aparición de la cocina, la vida de nuestros antepasados en Atapuerca era muy triste, y es que poco mérito tenía compartir unos despojos crudos recién cazados. Pero qué gran avance cuando llegó el fuego y se guisó en Burgos el primer asado (todavía no de cordero) hace ahora unos 800.000 años. Porque los alimentos cocinados proporcionaron mayor energía y contribuyeron al aumento del tamaño de nuestro cerebro; a la postre nos han hecho más inteligentes y sociales. Fue también esa pitanza burgalesa la primera comida navideña, festiva, con toda la familia de homínidos disfrutando alegres del convite e intercambiando elogios, chistes y narraciones con su primitivo lenguaje articulado. En esa rudimentaria mesa el simio dio paso al ser humano. Mérito femenino, pues no me cabe la menor duda de que con la especialización del trabajo en el clan, donde los machos cazaban y las hembras se ocupaban de la cueva y las crías, la cocina fue un maravilloso invento de mujer.

Los alimentos cocinados, a la postre, nos han hecho más inteligentes y sociales

También, sostiene Giménez Gracia, "la cocina nos proporcionó la casa de palabras en la que vivimos". El lenguaje nació entre fogones. Y allí sigue conviviendo y evolucionando. Aportando una sugerente transmisión de conocimiento que empieza en el diálogo y tiene en las recetas caseras (las de mi madre, de la abuela) elementos de hermosa vinculación afectiva.

Las comidas navideñas se han hecho por tanto para reforzar la familia. Es el momento de recuperar, completar o actualizar nuestra historia más íntima, de hablar, de recordar la niñez y, todavía más importante, rehacer el árbol genealógico salpimentándolo con cientos de esas bellas anécdotas de antepasados que, a fin de cuentas, son las que marcan nuestro bagaje existencial.

Me reconozco devoto de las largas, larguísimas comidas familiares. ¡Cuánto se aprende! Si no fuera por ellas, ¿cómo conocería las historias increíbles de ese abuelo mío al que su padre le obligaba a casarse con su hermanastra, nacida de una relación secreta con una vecina del mismo pueblo, y que fue desheredado por negarse a cumplir tan insólita propuesta? ¿O la de ese bisabuelo arriero que colgaba una campanilla de plata en la mula por cada nueva amante, para desesperación de su esposa? ¿O la de esas historias de brujas, de fortunas robadas, de sinvergüenzas y algún que otro (escaso) santo familiar? Porque todavía somos palabra, al menos enNavidad. Y futuro. Como recuerda el refrán, quien comparte su comida no pasa solo la vida.