El verano es la época perfecta para acordarnos del cambio climático. Este calor no es normal, decimos sufridores. O el descenso repentino de temperaturas nos deja desconcertados.

Las sequías afectan a la producción agraria, provocando éxodos de regiones enterasConversaciones de terraza, dirá más de uno. Pero está equivocado. El cambio climático mata y empobrece. Inundaciones y oleajes extremos pueden poner patas arriba países enteros, sus gentes y sus economías. Las cada vez más frecuentes olas de calor aumentan la contaminación atmosférica, agravando problemas respiratorios y cardiovasculares. Las sequías afectan a la producción agraria, provocando éxodos de regiones enteras en busca de comida, agua y tierras fértiles. Sólo en 2015 hubo 32 grandes sequías y 152 episodios de inundaciones relacionadas directamente con el cambio climático que golpearon especialmente a países pobres. También pavorosos incendios forestales. Enfermedades tropicales nunca vistas en Occidente como el zica, el dengue o la fiebre amarilla se extienden ahora por todo el planeta transportadas por exóticos mosquitos. El calentamiento de los océanos pone en peligro el equilibrio de toda la vida marina, reduciendo los recursos pesqueros, acabando con los corales, avivando intoxicadoras mareas rojas, provocando la llegada masiva de millones de medusas a las playas.

Además nos asfixia. Como señala el informe Calidad del Aire 2015 de la Agencia Europea de Medio Ambiente, el 33% de la población española respira aire contaminado. Ello provoca más de 33.000 muertes prematuras anuales en nuestro país, dieciséis veces más que los accidentes de tráfico. Asimismo supone un coste económico adicional de 38.000 millones de euros.

Todavía más grave. Guerras como la de Siria o Sudán tienen un importante componente climático. Según ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, más de 30 millones de personas se vieron obligadas a desplazarse durante 2012 a consecuencia de los desastres naturales y esta tendencia podría intensificarse hasta llegar a los mil millones. A su sombra aumentan los comportamientos racistas y xenófobos. La idealista Europa se resquebraja.

Somos la especie inteligente, no la suicida. Lograremos recuperar la corduraHace un par de semanas asistí en el Starmus de Tenerife al homenaje que la comunidad científica mundial rindió al cosmólogo Stephen Hawking. A sus 75 años se le ve deteriorado. Tanto que su conferencia Mi breve historia, más que a repaso vital sonó a testamento. Dijo cosas muy interesantes. Y volvió a sorprendernos de nuevo al apostar por crear colonias humanas en otros planetas como Marte. En su pesimista opinión, la especie humana no podrá sobrevivir mil años más "sin escapar más allá de nuestro frágil planeta". Yo no estoy de acuerdo. Me gusta más la visión del astrofísico y divulgador científico Neil deGrasse Tyson. Si podemos ser capaces de fundar esas ciudades marcianas, lo cual no es nada fácil, ¿quién irá a ellas y quién se quedará aquí esperando el Apocalipsis? ¿Mitad y mitad? Recuerda que somos más de 7.500 millones de personas. Y que sin duda es más sencillo y mucho más barato evitar el cataclismo terráqueo antes de salir de aquí por patas al grito de "el último que cierre la puerta".

Somos la especie inteligente, no la suicida. Y estoy seguro de que lograremos recuperar la cordura, aprender de nuestros errores, promover una economía verde capaz de revertir el actual desaguisado climático. Tenemos intelecto y creatividad para conseguirlo. Sin olvidar algo que Félix Rodríguez de la Fuente no se cansaba de repetir. Que no hay un planeta B. Siento llevarle la contraria al doctor Hawking, pero nuestro futuro está aquí, en la Tierra, y no en planetas lejanos. Porque hasta donde sabemos, en todo el universo conocido no hay otro lugar más maravilloso que éste. Ese punto azul pálido del que otro grandísimo divulgador y científico, Carl Sagan, dijo: "Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos". Ese punto azul que llamamos casa. Una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.