Doñana cumple 50 años. Medio siglo de protección de uno de los parques nacionales más emblemáticos del planeta. Para celebrarlo he pasado varios días disfrutando de su primavera reventona, escudriñando entre los aguazales las danzas amatorias de los flamencos, bailarines increíbles que ahora mismo, entre trompeteos, despliegan un increíble color rosado a mayor gloria de la procreación. Es el paraíso marismeño.

Más feliz que una perdiz, mi espíritu crítico estaba desconectado. Hasta que hablé con Miguel Delibes de Castro, el hijo del famoso escritor vallisoletano, reputado biólogo experto en este espacio. Con la serenidad de sus años enfrió mi entusiasmo. Doñana no está en su mejor momento, me vino a decir.

Sobrevive, que no es poco, pero a duras penas. Cada vez más amenazada por una presión humana creciente, envolvente, imparable, que la asedia cual castillo medieval: carreteras, urbanizaciones, trasvases, depósitos de gas, invernaderos, tendidos eléctricos, incendios, turismo, cambio climático.

No será para tanto, me quería convencer mientras disfrutaba de la llegada de un bando de cigüeñuelas. La prueba irrefutable la tuve esa misma noche, cuando el silencio nos enfrenta desnudos a las certezas. Acompañé al técnico de sonido Carlos de Hita a espirar la noche con un potente micrófono.

Nos adentramos en un pinar sobre dunas donde se mueve el lince. Pero no escuchamos sus maullidos. Tan solo se oía fuerte, intenso, el canto alcohólico de una fiesta, el ruido de los coches y hasta de barcos y aviones. Y un rumor terrible, el de varias potentes bombas extrayendo ilegalmente aguas subterráneas para regar campos de fresas y arándanos.

Pobre Doñana. Dudo que aguante 50 años más.