Hay puestas de sol que me ponen. Me ponen feliz, quiero decir. Hay lances de los halcones peregrinos contra una paloma a más de 200 kilómetros por hora que me provocan una incontenible excitación; por el entusiasmo desatado, ya me entienden. Cuando esperaba oculto durante horas a que los alimoches se acercaran a una carroña para mejorar nuestras investigaciones sobre ese buitre, lo reconozco, estaba muy nervioso. Y también, debo confesarlo ahora, más de una tediosa mañana metido en esos incómodos escondites mataba el tiempo leyendo novelas eróticas. Está claro que para mí la naturaleza es tremendamente atractiva, un filón de sensaciones. Pero soy incapaz de asimilar la nueva tendencia de los ecosexuales: personas que han decidido hacer el amor con la naturaleza en un intento por salvar el planeta.

Sí, lo han leído bien. En el sentido literal de la expresión «hacer el amor». Yo me quedé igual de asombrado. Una cosa es abrazar árboles y otra restregarse o introducir/meterse nuestras partes anatómicas más sensibles en sus protuberancias y/o huecos. Una cosa es retozar por las praderas con tu pareja y otra hacértelo en solitario con una encina mientras le susurras secretos de alcoba. Porque la ecosexualidad no es una versión floral del onanismo. Se trata de amar físicamente a la Tierra, de sentirse sexualmente atraído por ella. Y de hacerlo dentro de una estrategia de radical activismo medioambiental. Sentirse, nunca mejor dicho, conectado a ella. O a él, que para gustos están los colores terráqueos.

Pues que me perdonen sus defensores, pero como diría el jefe indio Seattle, será porque soy un salvaje (muy clásico en cuestiones amatorias) y no entiendo nada, pero es que no entiendo nada de nada.