Ha sido empezar la sociedad a apostar por la comida sana, a tener en cuenta el bienestar animal, a reducir su consumo estratosférico de carne y volver a las durante demasiado tiempo olvidadas legumbres y hortalizas varias, y que esa tendencia hacia lo vegetariano esté siendo aprovechada por la industria alimentaria para darnos tronchos por berzas.

Cada vez hay más productos etiquetados como 'vegan' en los supermercados. Los elegimos pensando que son más sanos, pero no lo son ni por casualidad. Sana es una ensalada, unas lentejas, un pisto o un gazpacho, pero insano son esas hamburguesas de quinoa, chorizo de tofu, mortadela vegetal, salchichas de soja. Alimentos ultraprocesados, petados de sales y azúcares varios, grasas de toda condición y extracción, conservantes a tutiplén, potenciadores del sabor a cascoporro. Ese cóctel químico tiene muy poco de sano. Y nada de sostenible, pues están elaborados con ingredientes que antes de llegar a nuestro microondas han dado más veces la vuelta al planeta que un satélite, con más plásticos que un vestido loco de Lady Gaga, cochinadas varias que nada tienen que ver con la cocina de nuestras abuelas ni con la dieta mediterránea.

La comida se ha convertido en un arma de activismo social. Detrás de este repensar en lo que comemos hay un hermoso intento por lograr un mundo mejor, más justo, sano y sostenible. Pero ese cambio debería abandonar las comidas ultraprocesadas y ultraempaquetadas. Vete al mercado, compra frutas y hortalizas frescas, huye de los preparados como el vegano huye de la morcilla de Burgos. Pero luego vas y te enteras de que venden morcilla vegana envasada al vacío. Y concluyes: menuda empanada (vegana) tenemos en la cabeza.