Los desiertos demográficos españoles agrupan a 4.375 municipios que suponen el 53% del territorio, pero apenas viven en ellos 2,5 millones de personas. En verano, porque ahora en invierno no habrá ni la mitad. Este vacío poblacional va a más, pues son tierras de ancianos aferrados a un territorio donde nadie quiere empezar una nueva vida. Y a los pocos valientes, o locos, que lo intentan, la realidad les demuestra lo imposible de su sueño.

Sueño roto el de los seis okupas rurales que desde 2013 trabajaban en la rehabilitación de Fraguas, un antiguo pueblo abandonado de Guadalajara. La Junta de Castilla-La Mancha, no los herederos de los antiguos vecinos, los denunció por ocupar, reconstruir y repoblar sin autorización la aldea olvidada. La sentencia, ratificada la semana pasada, ha sido durísima. La Justicia los condena a un año y medio de prisión y a pagar la demolición del pueblo.

El famoso "no es esto, no es esto" de José Ortega y Gasset vuelve a estar de actualidad. Así nunca pondremos fin al éxodo rural. Estamos ante una auténtica emergencia social, y la solución pasa por desarrollar políticas especiales de arraigo y emprendimiento.

Es necesario promover discriminaciones positivas en el campo para generar empleo en sectores tan importantes como la agricultura, la ganadería, el turismo y el mundo forestal, reduciendo los impuestos, bonificando los sueldos de los funcionarios, incorporando descuentos en el transporte para todos los residentes siguiendo el ejemplo de Canarias o Baleares.

En lugar de echar a esos jóvenes, hay que regalarles las casas. Aunque solo sea para que las risas de los niños vuelvan a escucharse en las calles de nuestros tristes pueblos del silencio.