Aún conservo como oro en paño unos calzones de lino con los que mi bisabuelo Rafael consumó el matrimonio a comienzos del siglo pasado. Fueron bordados con mimo por manos expertas en Medina del Campo a cambio de bastante dinero. Debieron invertir varios meses para concluir esa auténtica obra de arte. Pero lo más increíble es que están como nuevos.

Tan impecables como el jersey que hace 30 años me tejió la señora Dolores en Val de San Lorenzo, un precioso pueblecito de la Maragatería leonesa. Última depositaria de técnicas ancestrales, ella misma cardaba con cardenchas la lana esquilada a las ovejas del vecino, las teñía con tintes naturales y urdía con asombrosa habilidad.

Estas Navidades me han regalado un jersey "pura lana virgen". El diseño es italiano, pero la etiqueta delata su origen rumano. Viene a sustituir al que me regalaron el año pasado, también de una marca famosa europea, que en su caso estaba fabricado en Birmania. Parece que tenga 20 años de lo viejo y desgastado que está.

No es un secreto. La ropa cada vez dura menos, pero también la hacemos durar menos. Nos cansamos enseguida de ella. Más y más ropa, cada vez más barata, cada vez de peor calidad.

Pura obsolescencia programada. Pura fast fashion, moda rápida. Producción y consumo masivo a la endiablada velocidad con la que cambian las tendencias mundiales de la moda, comprar, usar, tirar tejidos, derechos laborales, ambientales, recursos naturales.

Pero una nueva revolución empieza a marcar la diferencia. Es la slow fashion o moda lenta. Consumo sostenible y ético que apuesta por usar menos ropa durante más tiempo, de excelente calidad, sabiendo de dónde viene y quién la hace. Te sienta mejor y te sientes mejor.