La ciudad también es naturaleza, aunque no lo parezca. Tiene bosques en forma de parques o reducidos a hileras de árboles, ríos y fuentes que muchas veces son tuberías rotas, praderas que usamos de césped, riscos con muchos recovecos a los que llamamos edificaciones, pero sobre todo tienen comida abundante en forma de basura, contenedores abiertos y vertederos al aire libre. Añádase a este paraíso la tranquilidad de unos humanos centrados en sus quehaceres diarios y que nunca habrá cazadores disparando.

Son territorios vírgenes para numerosas especies salvajes pero muy inteligentes; capaces de adaptar sus instintos a los nuevos espacios, hacerse más nocturnas, menos asustadizas y hasta descaradas. En muchas ciudades españolas los corzos pastan felices en el césped de los campos de fútbol, el búho real caza conejos en la pista de running y el halcón peregrino palomas en la plaza que luego despluma en los pináculos de la catedral, mientras los zorros se ponen las botas comiendo ratones. Suena idílico pero no lo es tanto.

Porque también esos animales pueden provocar gravísimos accidentes de tráfico o dejarnos sin electricidad, teléfono ni internet al enredar en repetidores y antenas. Y porque ante todo son seres salvajes que no dudarán en defenderse si se sienten amenazados. ¿Qué hacemos, entonces? No hay una solución sencilla. Habrá que acostumbrase a ellos. Y dejar menos basura en las calles.

Temas relacionados: