La emergencia del cambio climático está dando a la humanidad una dimensión universal que nunca tuvo. Una fraternidad global preocupada por la deforestación del planeta, el deshielo de los polos, el avance de los desiertos o la contaminación por plásticos; unida en tratar de arreglar este gran desaguisado medioambiental y poner en marcha la revolución tecnológica que nos permita ser más sostenibles, justos y solidarios. Pero es falso. Nunca hemos sido tan insostenibles, injustos e insolidarios como lo somos ahora. Tenemos soluciones reales para lograrlo, es verdad, pero de momento son caras y excluyentes.

Por ejemplo, los coches eléctricos. Consumen unos 2 euros a los 100 kilómetros, pero solo los muy entusiastas, o los muy ricos, se los pueden permitir. O las casas pasivas, tan bien hechas y aisladas que gastan menos energía que una bombilla, pero cuyo precio inicial llega a ser el doble que una edificación tradicional donde dejaremos un dineral en calefacción y aire acondicionado. Por no hablar de los alimentos ecológicos o de gran calidad, exquisitos, aunque con precios tan solo al alcance de unos pocos. Y es que ahorrar, tanto acumulando dinero como reduciendo el gasto, sigue siendo privilegio de ricos.

También en esto, la fractura económica nos hace diferentes. Resulta muy complicado arreglar nuestro actual consumo insostenible de recursos naturales si las opciones más dañinas siguen siendo las más baratas y las más beneficiosas se mantienen inalcanzables para la mayoría. Aunque la cosa viene de lejos. Ya lo decía don Miguel de Cervantes hace 400 años. En el mundo existen dos linajes, "el tener y el no tener". Ese poderoso caballero, don dinero, capaz de amargarnos el futuro.