"Hoy por dos euros tenemos como tapa alitas de pollo barbacoa". "¿Caseras?", pregunto al camarero. "Congeladas", me reconoce, "pero las hacen aquí mismo, en Burgos, así que son de kilómetro cero".

Ya, ya, kilómetro cero. Está claro que por ese bar cercano a la catedral no ha pasado Arvidas, un despistado camionero lituano llegado a la fábrica burgalesa de congelados con el seis ejes frigorífico cargado de alas de pollo nacidos, alimentados y sacrificados muy lejos del río Arlanzón.

En realidad vienen de Brasil, muy probablemente de Chapecó, región con más de 2,9 millones de granjas avícolas donde se crían 65 millones de aves. Desde allí son 500 kilómetros al puerto de Curitiba y 10.000 kilómetros más a Róterdam, donde las alitas se llevan por carretera ¿a Burgos? Pues tampoco. A una fábrica en Rumanía que está a 2.000 kilómetros de la ciudad holandesa.

Allí son descongeladas y cocinadas al artificial sabor barbacoa, para volver a congelarse y cargar en el camión de Arvidas, recién llegado de Vilnus, a 1.500 kilómetros de distancia y que, ahora sí, se hará 3.000 kilómetros más para transportarlas a la factoría burgalesa donde se embolsan y empaquetan. Pero tampoco de ahí saldrán hacia los bares de Burgos.

Se llevarán en otro camión a una planta logística de Navarra y es muy probable que desde ella se envíen a Madrid y luego a un almacén en Burgos antes de ser distribuidas por los bares castellanos. Si las cuentas no me salen mal, esos pollos de supuesto kilómetro cero han recorrido 18.000 kilómetros, exactamente la misma distancia que nos separa de Australia, nuestras antípodas. Por el mismo gasto podríamos ofrecer como tapa patitas de canguro. Definitivamente se nos ha ido la pinza.