Desde 1985, sin mucha publicidad, cada 9 de mayo se celebra el Día de Europa. Ese día de 1950, en París, se firmó la Declaración Schuman, que puso las bases de este compromiso entre Estados que ha generado el periodo más largo de paz y unidad del continente.

Solo Luxemburgo, celebra ese día como se lo merece: con un día festivo en el que se da a conocer el proyecto de forma más profunda a la ciudadanía. Pero es evidente que en el resto de los Estados existe ya una generación completa de europeos cuya percepción de la Unión va por delante de la normativa y que reclama que demos más pasos adelante en la ciudadanía europea. Es como si el traje se nos hubiera quedado pequeño.

Dotarnos de símbolos como un día festivo, o avanzar en la aprobación de un Estatuto de ciudadanía europea propio, son ideas que hemos lanzado desde el Parlamento Europeo para dar respuesta a esas peticiones de los ciudadanos que consideran que hay que apostar por Europa sin complejos, porque es apostar por la paz y la prosperidad.

La gran mayoría de los populistas no defienden estas propuestas, porque aunque no se les cae la palabra pueblo de la boca, no desean que los europeos tengan más derechos de ciudadanía. En el informe aprobado ayer hemos apostado por el futuro y, por eso, hemos diseccionado cada déficit de aplicación, cada caso de discriminación contra los ciudadanos comunitarios. Y lo hemos hecho sin complejos. A los que hablan de pueblo en cada frase, sin embargo, les disgusta que se apruebe un Día europeo como fiesta común. Entienden las identidades de forma rácana y juegan al poder político sin considerar que somos fuertes si estamos unidos en este mundo globalizado.

Incidir en los valores que nos unen a través de la educación, actividades culturales y facilitar la movilidad de los jóvenes, es sin duda la mejor inversión más rentable para todos.