Querido español feliz, que sepas que si fueras finlandés serías aún más feliz. Así lo proclama el Índice de la ONU 2018 sobre el particular, que acaba de hacerse público. Finlandia ha desbancado este año del primer puesto a Dinamarca, pero los países nórdicos siguen copando los cuatro primeros puestos. Ser finlandesa, noruego, danés o islandesa, por ese orden, es la clave de la felicidad. Viene bien saberlo porque cuando se clama contra la corrupción y el mal gobierno de nuestro país, frente a la limpieza y la protección social del Estado nórdico, algún cuñado exclama: "Quita, quita, que se suicidan mucho". Pues no. Son felices.

Los españoles nos situamos en el puesto número 36, por detrás de Francia, Alemania, Irlanda, e incluso Arabia Saudí. Pero lo más relevante es que nuestra felicidad como país sigue siendo inferior a la que sentíamos en 2008. La crisis nos deja un arraigado sentimiento de pérdidas múltiples: de estatus, de salario y de esas certezas que componen la seguridad humana. Aunque tengamos muchas horas de sol y una amplia vida social, el empeoramiento de las condiciones de vida materiales pesa. La injusta salida de la crisis alimenta el malestar, como muestran las movilizaciones de pensionistas y mujeres, por mencionar sólo las últimas.  

La medición de la felicidad que lleva a cabo el grupo de expertos de la ONU nos recuerda que el bienestar -me gusta más llamarlo así- no depende de la riqueza. La renta per cápita de Finlandia es más baja que la de sus vecinos. Significativamente, también es menor que la de Estados Unidos, cuyo descenso de cinco puestos en tan sólo dos años revela el acelerado deterioro social que cristalizó en la elección de Trump. La relación entre crecimiento económico y bienestar es cada vez más remota porque los problemas agudos -la desigualdad y la destrucción de los recursos del planeta-, no se solucionan, incluso se agravan.

Los últimos de la fila son Uganda, Malawi, Sudán y Chad, mientras la felicidad de los venezolanos se ha desplomado. La felicidad nórdica nos recuerda hasta qué punto el bienestar personal está relacionado con el colectivo: pese a toda la cháchara de autoayuda y las recetas para lograr la felicidad en 15 días, lo cierto es que el bienestar está condicionado por la calidad de las instituciones y la sociedad tanto como por nuestra circunstancia individual. Los políticos harían bien en anotarlo: la felicidad es un bien público.