De los juicios se dice, como de los matrimonios, que por lo general no son ni buenos ni malos sino, sencillamente, largos. De unos días a esta parte, el del procés ha entrado en una cierta fase de monotonía, en la que las partes se han tomado la medida y alcanzado un statu quo sin incidentes dignos de reseñar.

Sentada la autoridad del juez Marchena, reconocida la eficacia jurídica del letrado de Forn, Javier Melero, consolidado el reparto de papeles entre los fiscales –el más televisivo, Javier Zaragoza–, y constatada la irrelevancia procesal de Vox, la vista languidece con el adiós a los testigos de relumbrón.

Este martes, los primeros bancos del público estaban vacíos, y hace días ya que no aparece por allí ningún parlamentario independentista, ni ningún conseller.

Claro que los acusados nunca están solos. Al término de cada sesión, del fondo de la sala emerge una pequeña legión de hombres y de mujeres vestidas de amarillo dispuestas a repartir besos a los ‘mártires’ del procés, muchos de ellos candidatos electorales in pectore, de nuevo.

Este martes Raúl Romeva recibía felicitaciones como cabeza de lista de ERC al Senado, y Jordi Cuixart volvía a liderar las efusiones de cariño. Pero ahí acababa el espectáculo. Sobre todo en esta hora del 'no sabe, no contesta' de una ristra de testigos, la mayoría proveedores de la Generalitat de Puigdemont, algunos imputados por malversación ante los juzgados de Barcelona.

Movía este martes a la compasión ver el rictus del dueño de Buzoneo Directo hasta que fue liberado de declarar. Y movía casi al sarcasmo la sonrisa de la directora de Recursos Humanos de Artyplan, que 'se enteró' de que su imprenta trabajaba en 400.000 dípticos cuando apareció en la fábrica la Guardia Civil.

Quien peor pareció pasarlo fue Enric Vidal, el diseñador gráfico y socio de Òmnium que medió entre las imprentas y "un tal Toni" –ya famoso en la Sala como el impreciso 'doble' del ex alto cargo del Govern, Antonio Molons–, sin que supiera a cuánto ascendió el encargo y sin que llegara a cobrar su trabajo. Este martes le temblaba la voz.

Tuvo que llegar un último testigo –el comercial de Artyplan– para cubrir sus faltas de memoria y jurar que fue Vidal quien le pidió que facturara a la Generalitat. Queda juicio por delante, y testigos que sí saben y sí contestarán.