Decir piolín en el Diccionario Político Español es decir farsa, broma de mal gusto o esperpento. El personaje de dibujos animados de la Warner puso cara y nombre a los buques en los que el Gobierno de España hacinó a los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado enviados al puerto de Barcelona como refuerzo o prevención de desórdenes en los días previos al referéndum ilegal y a la posterior declaración de independencia de Cataluña.

Pero toda farsa tiene su parte de comedia, y el popular canario televisivo volvió a salir ayer de su jaula para colarse en el Tribunal Supremo y, sobre todo, dar visibilidad a ese 'lindo gatito', el acusado Josep Rull, que presuntamente intentó atraparlo en 2017 y que coprotagonizó en la sala de vistas un nuevo capítulo de las persecuciones y disimulos propios de la serie.

La 'abuelita-Estado', personificada por la fiscal, repartió 'escobazos' sobre el lomo del exconseller de Territorio por haberse opuesto al atraque del barco –primero en el Puerto de Palamós, luego en el de la capital– y por haberse ufanado de ello, además, en un tuit: "En efecto, no les hemos dejado atracar", admitió en su día. Pero el 'felino' se presentó ayer pertrechado de "documentos y mails" para demostrar que la decisión –de la que en todo caso no se hizo responsable– se justificó en que el consignatario del buque había incumplido el mecanismo al uso para la petición formal de atraque. No solo se quejó de que no utilizara la plataforma digital preceptiva para hacer su solicitud, sino de que Piolín amenazaba la actividad de cruceros y los trabajos portuarios. "La presencia de testosterona de la Policía está entorpeciendo las exportaciones catalanas", llegó también a declarar Rull en aquel momento.

Pero el capítulo contó con su propio juego de espejos: el mismo exconseller que exacerbaba su celo legalista frente al atraque de Piolín –que finalmente se autorizó, según dijo, cuando la Comandancia rellenó una solicitud expresa para un 'barco de Estado'–, negaba ayer la fuerza ejecutiva de las resoluciones del Tribunal Constitucional frente a su propia hoja de ruta independentista. Rull no solo se permitió –como Turull el día anterior– "ponderar" y buscar el "equilibrio" entre el cumplimiento de la ley y el de su [dudoso] mandato democrático; el 'lindo gatito' afiló sus uñas e hizo una enmienda a la totalidad del Alto Tribunal. Lo acusó de "falta de legitimidad moral" por dejarse "instrumentalizar" por el Gobierno, al decretar la suspensión automática de las resoluciones del Govern impugnadas que, literalmente, dicta el artículo 161.2 de la propia Carta Magna. Y además, se permitió el lujo de darle lecciones, con la cita del extracto de una lejana resolución del Tribunal Constitucional de Canadá, más acorde a sus ideas.

Dos caras para un personaje tan animado como precavido que ayer redujo la independencia a "declaración de voluntad política", y que negó haber conocido dónde estaban las urnas de las que no obstante alardeó días antes del 1-O.