La relación causa efecto parece evidente; a más velocidad, más muertos en carretera. En España, el límite establecido para las carreteras secundarias es de 100 kilómetros por hora y es en ellas donde se produce casi el 40 por ciento de los accidentes mortales a pesar de que soportan una carga de intensidad circulatoria significativamente menor.

El nuestro está entre los países de Europa más permisivos con el velocímetro, y ante la curva ascendente de mortalidad en carretera la discusión sobre la necesidad de bajar los límites de velocidad está servida. En el Reino Unido los bajaron a 96; en Italia y Francia, a 90; en Holanda y Suiza, a 80; y a 70 en Suecia. En España hubo un intento de bajarlo a 90 pero se topó con los intereses electorales del partido entonces gobernante. Su directora general de Tráfico, María Seguí, quiso reducir la velocidad en las carreteras secundarias y no le dejaron, según confesó, porque "no era el momento". Tenía motivos para intentarlo. Para una persona que ocupa ese cargo, el nivel de éxito de su gestión no se mide en euros sino en número de víctimas mortales, y si esos números rojos aumentan es que está fracasando.

Es precisamente lo que viene sucediendo en los últimos cuatro años desde que se invirtió la tendencia a la baja lograda por la introducción del carnet por puntos. Los muertos sobre el asfalto pasaron de los 1.680 en 2013 a los 1.830 en 2017, y este año continuará previsiblemente la escalada, a juzgar por los malos datos del verano.

Bajar el límite de velocidad no es popular, como no lo será la cruzada emprendida por el actual director general de Tráfico contra el uso del móvil al volante. La popularidad está muchas veces reñida con la responsabilidad y este es el caso. Cualquier acción restrictiva provoca rechazo entre la población afectada aunque nunca tanto como para influir de forma determinante en unas elecciones. Esa, al menos, es la experiencia en los países de nuestro entorno que vieron después premiada su rebaja en la velocidad con un notable descenso de los muertos en carretera. Basado en experiencias ajenas, el cálculo que aquí hicieron los expertos es que bajar a los 90 por hora salvaría 350 vidas al año, una ecuación brutal como para despreciarla.

El exceso de velocidad y las distracciones no son, sin embargo, los únicos factores negativos que inciden en la seguridad vial en España. Los recortes por la crisis económica además de afectar al mantenimiento de la red vial lo hicieron a quienes la vigilan. Hay 800 guardias civiles menos dedicados al control del tráfico de los que había en el 2011 y, ya sea por respeto o por temor, pocas visiones invitan más a conducir con prudencia y cumplimiento de las normas que una pareja de la Benemérita acechando en el arcén. En septiembre pasado arrancó un plan de incorporación de nuevos agentes, aunque estará lejos de recuperar la cifra de hace ocho años.

Es obvio que las medidas represivas no dan votos, pero un país civilizado no puede contemplar el ascenso en las cifras de muertos con los brazos cruzados. Este jueves comienza uno de esos puentes temibles en carretera y de momento poco se puede hacer salvo pedir precaución a los conductores. Si bajar el límite a los 90 por hora salva cientos de vidas ya están tardando.