El turismo libró a España de la bancarrota. En los años duros de la crisis cuando el pinchazo de la construcción mandaba al paro a dos millones de españoles, el consumo se hundía y la recaudación fiscal colapsaba, la hostelería aguantó el tipo, incrementando su clientela y absorbiendo, aunque fuera en precario, una parte nada desdeñable de la mano de obra no cualificada que dejó tirada el derrumbe del ladrillo. El sector turístico fue, y todavía en gran medida lo es, nuestro petróleo, esa fuente en apariencia inagotable de divisas que lubricaba los entonces enmohecidos resortes financieros de la economía española. La caja de esta industria sumó casi el 12% del PIB, batió récords de visitas durante siete años consecutivos y se ha plantado en los 82 millones de turistas, la segunda cifra del mundo después de Francia. La experiencia del sector y una oferta difícil de igualar están detrás de esta historia de éxito, pero también la inestabilidad de nuestros competidores.

Los desarreglos en destinos mediterráneos como Turquía, Egipto y Túnez prestaron a España un flujo de unos diez o doce millones de turistas que han empezado ya a recuperar. El último informe de Exceltur, el lobby que reúne a los grandes del sector, advierte del considerable tirón que han experimentado ya esos países según van recuperando la normalidad. Sus cálculos hablan de incrementos allí de casi el 40% en los primeros meses de este año a los que atribuyen el estancamiento experimentado en el primer trimestre en la afluencia de extranjeros a Baleares y Canarias. Caso aparte es el de Barcelona, con diferencia la ciudad más visitada de España, donde más del 55% de los hoteles han sufrido ya un retroceso que la industria atribuye a la inestabilidad política mientras que el interior del país se mantuvo bien gracias al turismo nacional.

Lo que estas cifras sugieren es que el crecimiento del sector está dando unos síntomas de fatiga cuyo tratamiento exige algo más que la autocomplacencia por parte de las administraciones y de la empresa privada. Ha de haber un plan integral que proteja y estimule la demanda apostando por la diversificación para reducir en lo posible la estacionalidad. Un plan que favorezca además la calidad de la oferta con el objeto de atraer a los visitantes con mayor poder adquisitivo. Es una pretensión para nada quimérica, de hecho el sector prevé un incremento de la recaudación próximo al 4% en el 2018 gracias a la subida de precios, aparte del mayor dinamismo del turismo nacional.

El peso del turismo en la economía española tiene todavía un alto potencial de crecimiento, pero no por la vía de la masificación. Es difícil entender que un país que recibe un volumen de visitantes que duplica su población no tenga siquiera un ministerio específico para el turismo y la del gobierno Sánchez ha sido una oportunidad perdida de crearlo. Hay mucho por hacer para mantener viva y saludable nuestra gallina de los huevos de oro.