Sir Alexander Fleming no era un tipo limpio. En el verano de 1928 se marchó un par de semanas de vacaciones dejando el laboratorio del hospital St. Mary como una leonera. Allí quedaron manga por hombro los cultivos de bacterias en los que trabajaba y cuando volvió la cochambre imperaba. Fue al intentar poner orden cuando observó que el moho azul de una de sus placas había logrado vencer a la bacteria que contenía. Era el principio de la penicilina, un preciado fármaco que salvaría la vida a miles de soldados aliados amenazados por las infecciones de sus heridas y que, además de su entrada en la historia, le valdría el Premio Nobel de Medicina.

A nuestro país, la penicilina, como casi todo entonces, llegaría con retraso. Conseguir aquellas ampollas milagrosas en la España de la posguerra era una tarea épica. Además de recursos económicos para pagarla a precio de oro, requería buenos contactos en el oscuro mundo del estraperlo. El emblemático bar de Chicote en la Gran Vía madrileña era uno de los puntos semiconsentidos por el Régimen para estas operaciones en las que, como ahora acontece con los timadores de internet, no siempre lo que vendían era de confianza. Los antibióticos irrumpirían después en nuestras vidas rebajando felizmente los índices de mortalidad e incrementando exponencialmente la esperanza de vida.

Del uso se pasó al abuso y las bacterias que combatían fueron evolucionando en las últimas décadas hasta presentar resistencia a los antibióticos. Ese fenómeno creciente ya está causando estragos en los sectores más vulnerables de la población y las proyecciones de la Organización Mundial de la Salud advierten que, si la ciencia no lo impide, los supermicrobios terminarán matando a más personas que el cáncer. Urge el desarrollo de nuevos superantibióticos y eso es lo que parece estar próximo a lograr un equipo de científicos chinos que ha sintetizado una molécula llamada 'albomicina delta 2'. Se trata de una partícula ya reconocida por los rusos a finales de los años 40 pero que por su tamaño y complejidad resulta muy difícil de manipular.

Queda por hacer un arduo trabajo de optimización hasta alcanzar el rendimiento efectivo de este hallazgo científico. Mientras tanto, deberíamos concienciarnos sobre el uso racional de los fármacos. Hay demasiada ligereza en el consumo de medicamentos y un conocimiento muy escaso de sus consecuencias. Conviene recordar que no solo hemos abusado de los antibióticos para el tratamiento de nuestras dolencias sino que lo hemos hecho también con los animales que empleamos para el consumo humano. Nuestra cabaña ganadera es, según la Agencia del Medicamento, una de las más medicadas de la Unión Europea y eso se refleja en cada filete que nos comemos.

El tiempo en que la penicilina era contemplada como aquel bálsamo de Fierabrás del Quijote se está acabando. El rearme de las bacterias es un hecho, y más nos vale que el superantibiótico chino o el de cualquier otro grupo de científicos, como logró Fleming hace 90 años, llegue a tiempo de presentar batalla.