El AR-15 es un arma letal. Se trata de un fusil de asalto accionado con gas que permite disparar balas de pequeño calibre a alta velocidad. La compañía norteamericana que lo diseñó lo hizo con la intención de que los soldados pudieran cargar en sus cananas más munición.

Nicolás Cruz, el joven de 19 años que el miércoles pasado irrumpió en un colegio de Florida segando la vida de 17 chavales y dejando malheridos a otros 14, no era miembro de ejército alguno. Tampoco el AR-15 con el que disparó a discreción contra los alumnos ni las bombas de humo que allí lanzó fueron robados de ningún cuartel.

Cruz adquirió ese material de guerra y su careta antigás en una tienda como el que compra un par de zapatos o una lata de atún. Cuando alguien adquiere un arma pensada para abatir humanos en un escenario bélico cabe sospechar que, como poco, puede apetecerle utilizarla con ese fin. Pero, si el propietario de la misma lo proclama públicamente, cabría también imaginar que el riesgo de que lo hiciera era lo suficientemente alto para que las autoridades le quitaran su juguete de las manos.

Nicolás Cruz había publicado en las redes comentarios tan amenazantes como "quiero morir peleando, matando a montones de personas" o "quiero matar gente con mi AR-15". Nada de eso ocurrió, nadie se tomó la molestia de investigar si el autor de esos mensajes era un estúpido fantoche o alguien que, de verdad, podía llevar a efecto la acción con la que amenazaba.

El joven Cruz fue expulsado de la escuela por su mal comportamiento y haberse peleado con la nueva pareja de su exnovia a la que él maltrató, y estaba armado hasta los dientes. Había dado mil pruebas de estar perturbado y de su errático proceder.

Estados Unidos se horroriza y llora la muerte absurda de 17 inocentes, pero no reacciona. Allí no existe el menor control sobre las armas gracias a la segunda enmienda de su Constitución. En los últimos cinco años se han producido casi 300 tiroteos y lejos de remover la conciencia de la opinión pública contra esta norma el efecto es justo el contrario. Estos hechos violentos incentivan la compra de armas para defenderse supuestamente de quienes los protagonizan. Un efecto irracional que incentiva la Asociación del Rifle, ese poderoso lobby que compra la voluntad de los políticos para que su siniestro negocio permanezca boyante. Una organización que cuenta ahora con la inestimable ayuda de Donald Trump, quien después de la matanza se limitó a decir que el país está rezando por las víctimas y que hacer seguras las escuelas será su prioridad. Nada sobre las armas.

Con 17 cadáveres a la espalda, solo su presunta perturbación mental puede salvar de la inyección letal a Nicolás Cruz, en un estado como el de Florida que aún practica la pena de muerte. Un castigo que, sin embargo, no disuadió al atacante para perpetrar la masacre. "Quería matar gente" decía; "montones de personas", proclamó en las redes. Pudo comprarse un arma de guerra y cuanta munición quiso, y nadie se lo impidió. Y nadie se lo impedirá al siguiente tarado que le imite en otro escenario similar. Los norteamericanos tienen motivos para llorar.