Plataforma alargada montada sobre ruedas y provista de una barra y un manillar. Así define la RAE la morfología del patinete, un aparato que esta institución considera de “entretenimiento”. Ese uso lúdico, que describen quienes velan por el empleo correcto del castellano, ha quedado claramente desbordado ante la aparición de los patinetes eléctricos, que ya no son utilizados como divertimiento, sino como un medio de transporte urbano más. Tanto es así que su presencia en las calles ha crecido exponencialmente en el último año hasta plantear conflictos de convivencia, no solo con los peatones, sino también con los ciclistas, que ya desde hace tiempo competían por el espacio con los viandantes.

Si los de la bici, que se permiten el lujo de usar aceras y calzadas como les venga en gana, ya gozan de patente de corso por parte de las autoridades municipales, me dirán qué control puede haber sobre los patinetes cuando ni siquiera están catalogados a pesar de constituir un nuevo y eficaz medio de moverse por la ciudad. Nuevo por incorporar a su tracción la energía eléctrica, rodando con rapidez por cualquier superficie dura y plana sin tener que impulsarlo como antaño a golpe de pie y eficaz porque su versatilidad es mayor que la de ningún otro vehículo.

Es un artilugio relativamente barato, no contamina y es más fácil y cómodo de transportar que la bicicleta lo que está disparando las ventas en todas las ciudades europeas, la mayoría de ellas sometidas a intensas y cada vez más severas restricciones al tráfico de automóviles. Se compran y también se alquilan a través de plataformas que están proliferando sobre todo en los cascos históricos y áreas menos accesibles al coche. El problema es que tanto patinete en régimen de libertad absoluta de movimiento ya ha provocado algún accidente, por fortuna de carácter menor, y no pocos enfrentamientos con peatones que se sienten asediados en un territorio antaño exclusivo del viandante como era la acera.

El uso del patinete carece aún de normativa y las que se proyectan van encaminadas a que se circunscriba a los carriles bici y calles de un solo carril limitadas a 30 kilómetros hora. Una norma muy similar a la que ya incumplen clamorosamente los ciclistas, cuyo vehículo es de mayor tamaño y velocidad, lo que induce a dudar de que vayan a respetarla los del patín si no se actúa con firmeza. El viandante no crea peligro alguno a terceras personas y tampoco contamina. La única energía que gasta es la que emplean sus extremidades inferiores para proporcionarle tracción, un ejercicio por cierto muy saludable y carente de contraindicaciones.

Es hora de poner orden con racionalidad y determinación a este desmadre urbano. Ha de haber estrategias integrales de movilidad que compatibilicen derechos y ofrezcan seguridad y protección a los más débiles. La España de la bici y el patinete no puede funcionar a costa del pobre peatón.