El baile de los pactos está en marcha. El símil del baile es por lo que tiene de postureo, de juego de seducción y porque al final de lo que se trata es de ligar. De momento, casi nada de lo que hemos visto en los primeros compases podemos darlo por definitivo, si bien la lógica nos conduce a pensar que allí donde la derecha sume gobernará la derecha, y lo mismo sucederá con la izquierda donde tenga el mango.

No siempre el más deseado es el primero que sacan a la pista, es mejor fijarse en a quién le guiñan el ojo, y eso le ocurre más a los que visten de naranja. Ciudadanos no sorpasó al PP en las elecciones, pero las urnas le adjudicaron un manojo de llaves con una capacidad inmensa de repartir poder. Ellos son, en consecuencia, los que más estupendos se ponen para mover el esqueleto. Desde el principio, dejaron claro que prefieren bailar con el PP, pero que a Vox no quieren ni mirarlo.

El problema es que hay plazas importantes donde sin el violín de Abascal no pueden marcarse un solo paso. La aritmética es muy tozuda y si en la cabeza de Ciudadanos está el contar con los votos de Vox para completar pactos con los populares, no le quedará otra que sentarse con ellos o pensar en otra jugada. La formación pistacho mete presión con su enmienda a la totalidad a los Presupuestos de Andalucía, avisa de que esta vez no habrá pactos a la andaluza y que quieren sentarse en la mesa e, incluso, tocar poder.

Los de Rivera, aunque ya no descartan acuerdos puntuales con el PSOE, no rebajan su altivez. Pedir a los socialistas que renieguen del sanchismo es como decir que si quieres bailar tienes que dejar de hablar con tu familia. Eso les ha quedado, por exagerado, algo ridículo. Al margen de la arrogancia que genera el saberse tan deseados, sus condiciones guardan relación con la existencia de dos almas en la dirección naranja que hasta ahora no habían aflorado. La que parece imperante es la de quienes están a favor de mantenerse a la derecha y avanzar en el intento de arrebatar el espacio político al PP. La otra prefiere crecer en el centro, ejerciendo de bisagra como hicieron al principio ganándose la imagen de un partido de estabilidad.

Es obvio que en este baile los partidos se juegan mucho. El problema es que no siempre lo que a ellos les conviene es lo mejor para el país al que dicen servir. Cuando los intereses de la ciudadanía y los de los partidos no coinciden, lo decente es que prevalezcan los primeros. La política ha de estar al servicio de la gente y no a la inversa. Los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el Gobierno de la nación necesitan estabilidad. Acuerdos fiables que permitan abordar los problemas de la gente y no estar sujetos a devaneos tácticos o dependencias indeseables que nada aportan al bienestar de los españoles.

En Danzad, danzad, malditos, la película que dirigió Sydney Pollack a finales de los 60, la gente competía en un maratón de baile para conseguir un premio que les librara de la miseria. A los políticos no les pedimos tanto, solo que hablen, que pacten y resuelvan los problemas reales de una maldita vez.