El salón del automóvil de Ginebra ha dejado claras las tendencias del mercado. Del centenar largo de novedades que la industria ha presentado en la edición de este año, una buena parte son vehículos impulsados por combustibles limpios.

El gran perdedor de la feria es, con diferencia, el diésel, que pasa de disfrutar de la leyenda de carburante menos contaminante —leyenda tiempo atrás interesada y deliberadamente propagada— a ser demonizado como el mayor y casi único culpable de la polución atmosférica. Ni lo de antes ni lo de ahora responde del todo a la realidad. Lo cierto es que asistimos a un espectacular cambio de dirección en las ventas de forma y manera que los vehículos diésel, que llegaron a acaparar el 70% del mercado, hoy están ya por debajo del 50 y en caída libre.

Ello tampoco quiere decir que vengan buenos tiempos para la gasolina, un combustible que se percibe igualmente contaminante aunque ahora preocupe más el tipo de emisiones que despide el gasoil. La presión sobre los fabricantes para que apuesten por tecnologías limpias es brutal y no hay marca que se precie que no incorpore a su oferta algún modelo propulsado por electricidad o, al menos,  fórmulas híbridas. Estamos en una etapa muy desconcertante tanto para la industria como para los consumidores. Los avances experimentados en las baterías y en el rendimiento de los motores eléctricos son más que considerables, aunque no lo suficiente para renunciar a los impulsores convencionales.

Acertar en la gestión del cambio y los tránsitos en la demanda adaptando la producción de sus cadenas de montaje no será fácil. Los coches eléctricos son todavía caros y su autonomía aún deja mucho que desear, lo que explica el bajo nivel de implantación que todavía registran. A pesar de ello, cada día son más las grandes urbes que acorralan con sus normativas a los vehículos contaminantes clamando por el progreso del coche eléctrico sin que lo acompasen con la necesaria instalación de infraestructuras de carga para el repostaje.

Los estados, por su parte, tampoco han resuelto cómo compensarán el desplome  recaudatorio que sufrirán con la caída en el consumo de carburantes fósiles sometidos ahora a fuertes gravámenes impositivos. Son incertidumbres que se trasmiten a los consumidores, de manera que a quien quiera mañana comprarse un coche nuevo se le pone en la tesitura de hacer una apuesta sobre el tipo de energía que lo mueve.

Los diésel y gasolina empiezan a resultar viejunos y, en consecuencia, manifiestamente devaluables mientras que los eléctricos están todavía verdes, en el peor de los sentidos. Parece pronto para comprar un vehículo de los que se enchufan a un red todavía sin desarrollar, ni siquiera en los parkings públicos, y algo tarde para adquirir uno de gasolina,  y ya no digamos los diésel.

La Administración y la industria han de definir los tiempos y la hoja de ruta para despejar, en lo posible, el desconcierto. De no ser así, muchos apurarán su coche viejo hasta que se caiga a pedazos.