La libertad en España siempre fue un bien escaso. El más leve repaso a nuestra historia, sin necesidad de remontarse a Chindasvinto, permite concluir que los periodos democráticos fueron breves y la mayoría convulsos. La excepción grande y honrosa son los últimos cuarenta años, presididos por la Constitución del 78, a la que no todos reconocen sus méritos. El aprecio viene a ser directamente proporcional a la edad de quien sobre ella opine, de forma y manera que son los que pasan de los 50 a quienes mayor afecto y respeto les concita la Carta Magna, mientras que los nacidos en democracia suelen valorarla menos por entender que la libertad es algo tan natural como el aire que respiramos.

Es obvio que nos faltó pedagogía para explicar lo vulnerable que resulta el derecho a ser libre y el esfuerzo épico que hace cuatro décadas exigió su implantación tras la dictadura. La de los años 70 era una España dividida pero, al mismo tiempo, marcada por un temor común a que el final del franquismo pudiera reavivar los fantasmas de la guerra civil. Había que conjurar el miedo a la libertad construyendo un espacio de entendimiento en el que cupieran todos y todos se respetaran por diferentes que fueran sus ideas, como acontecía en esa Europa de fuera a la que tanto envidiábamos.

La forma en que se entendió posible cuadrar el círculo fue la instauración de una monarquía marcadamente republicana. Un rey, al que bendijeron las Cortes franquistas antes de hacerse el haraquiri, que ejerciera de árbitro y reinara pero no gobernara. Una corona garante de los valores de la república. Puede que la libertad, la igualdad y la fraternidad nos parezcan ahora exigencias elementales, pero hace cuarenta años en España eran un sueño. Quienes lo hicieron realidad con generosidad y convicción merecen nuestra gratitud y un pedestal en la historia. Algo que les niegan los ignorantes y quienes vulneran la Constitución proclamando repúblicas fantasmagóricas. Son los mismos que recortan la libertad amordazando a su propio Parlamento, ultrajan la igualdad con proclamas supremacistas y atentan contra la fraternidad provocando la ruptura social de una ciudadanía a la que se deben lesionando su bienestar. Son también quienes por reacción retroalimentan una derecha extrema que ahora irrumpe en el mapa político y que tampoco aprecia esos valores.

Nunca me sentí monárquico, pero la experiencia y el sentido común me indican que es siempre preferible una monarquía republicana a una satrapía con nombre de república.