Rajoy y los suyos lo vieron claro en aquella larga sobremesa mientras el Pleno del Congreso remataba la censura y nombraba presidente a Pedro Sánchez. Allí, deglutiendo el fantástico atún del Arahy, donde celebraron el funeral, encontraron la manera de consolar el síndrome de 'hundimiento' que sucede a todo desalojo inesperado o traumático del poder. "Esto matará a Rivera", pensaron.

Desde hacía meses, el crecimiento de Ciudadanos en las encuestas atormentaba a los estrategas del PP, que no veían forma de parar la cabalgada naranja a costa de los populares. Una obsesión que explica los durísimos ataques que, con cualquier excusa, descargaban contra sus líderes hasta caer en la sobreactuación.

Albert Rivera era entonces el enemigo a batir, muy por encima de Sánchez, al que no temían hasta que les cayó encima la moción. Dentro de lo malo, pensaron, y para las expectativas del PP, la jugada del PSOE descolocaba a Ciudadanos devolviendo la esperanza al bipartidismo que parecía irrecuperable. Esa reflexión frenaba además las críticas internas a Rajoy por no haber dimitido antes y convocado unas elecciones en las que toda la demoscopia auguraba el triunfo de Rivera. De haber teñido de naranja esos comicios, la gaviota del PP podría habría perdido las alas para siempre.

Con Sánchez en el Gobierno y reteniendo sus 134 escaños del Congreso y la mayoría absoluta en el Senado, el PP podría ejercer con fiereza la oposición relegando a Ciudadanos a la irrelevancia. Eso fue lo que animó aquella sobremesa de las exequias y lo que explica que su portavoz en la Cámara, Rafael Hernando, atacara esa misma tarde con singular inquina a quienes hasta ahora les habían sujetado en el poder. Lo hicieron hasta el extremo de culpar a Rivera de su desalojo por "dar por acabada la Legislatura", lo que compraron con fervor todas sus terminales mediáticas.

La marcha de Rajoy, "por el bien del partido y de España", incide en esa estrategia de recuperación con la que pretenden demonizar al PSOE por "echarlos de mala manera" y a Ciudadanos por contribuir a "debilitarlos". Una táctica que tratarán de implementar mientras emprenden su proceso de renovación interna. No hay duda de que el éxito de la moción de censura y, sobre todo, la fortaleza exhibida por Sánchez en la configuración de su Gabinete pillaron a la formación naranja con el paso cambiado, y que ahora ha de recolocarse para encontrar el hueco.

Sin embargo, y aunque el actual escenario no les beneficia, los estados de opinión nunca cambian tan convulsivamente como la política pronta que funciona en nuestro país. Hay, además, en perspectiva elementos nada desdeñables que pueden sujetar las expectativas electorales de Ciudadanos. De una parte, el mandato socialista está expuesto, por su precariedad parlamentaria, a un riesgo enorme de desgaste, aunque la ilusión que ha generado la calidad del Gobierno alargue el periodo de gracia. De otro  lado, los populares tienen por delante una renovación interna en la que habrán de abrirse en canal si quieren que el cambio resulte creíble, lo que conlleva el consiguiente desgaste en luchas intestinas.

Todos quieren matar a Rivera e incluso algunos creen que ya lo han logrado, pero se equivocan. Hay muertos que mataron prematuramente no hace tanto, como es el caso de Sánchez, y ahora gozan de buena salud.