Sentimientos contradictorios. Así definió Ada Colau lo que sintió en el Pleno que la invistió alcaldesa de Barcelona. Lo declaró en la radio mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo preparado al efecto. Con su llantina, Colau se justificaba ante el independentismo que la agobió e insultó por aceptar los votos de Manuel Valls como si esos sufragios procedieran de los hijos de un dios menor.

"Putas, guarras y zorras", esas fueron algunas de las lindezas que les dedicó la muchachada soberanista a las concejalas de Barcelona en Comú por defender su vara de mando y no ceder a las presiones de ERC. El corto y tradicional paseo que separa el Ayuntamiento barcelonés del Palau de la Generalitat fue un infierno. "Esto no habría ocurrido de haber sido yo el alcalde", dijo sin sonrojo Ernest Maragall contraviniendo el alegato final de Raül Romeva y otros imputados del procés negando las expresiones de odio del movimiento independentista.

Al final todo se substancia en si era mejor o no Ada Colau que Maragall para la Alcaldía de Barcelona. Manuel Valls pensó que había que elegir entre lo malo y lo peor, y optó por lo primero. Colau ha sido la reina de la ambigüedad con el procés. Una suerte de equidistancia imperfecta que solía inclinar a conveniencia en favor del soberanismo para no perder la calle que estos dominan. En cuanto les falló, la llamaron "zorra" sin que semejante trato tampoco perturbara a quienes, por bastante menos, tanto se escandalizan.

Valls dijo algo tan obvio como que "cuanto peor, peor" y lo peor era Maragall y su pretensión de convertir Barcelona en capital de la República catalana y hacer con su Ayuntamiento lo que Torra con la Generalitat, usarlo como palanca del independentismo en lugar de gestionarlo. Ciudadanos no le siguió por entender que Colau era "casi" lo mismo que Maragall.

Aunque es verdad que su alma populista y sus complejos la llevaran a colgar al día siguiente el lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento, ella –al menos– nunca apoyó la vía unilateral y no se reconoce independentista. Puede parecer "casi" lo mismo, pero los ladridos que oímos el sábado en la plaza de San Jaume son la prueba de que alguien cabalgaba.

La relación de Ciudadanos con Valls ha terminado como el rosario de la aurora y la marcha de Celestino Corbacho le deja con lo puesto. Sin embargo, y a pesar de sus discretos resultados electorales, la trascendencia de su jugada hasta podría darle alas para liderar una plataforma política dirigida a un electorado huérfano de liberalismo que, como poco, le haría un roto a los naranjas.

La receta de Manuel Valls optando por lo malo para evitar lo peor ha impregnado el imaginario público de cara a la investidura de Pedro Sánchez. El propio secretario de Organización del PSOE lo propaga cuando reclama la abstención del PP y Ciudadanos para que la sesión no dependa de los diputados independentistas.

Sánchez irá solo en primera instancia a la investidura con la intención de que cada cual se retrate, incluidos morados y nacionalistas. "Los apoyos se decidirán después", ha dicho Ábalos. Después, cada palo que aguante su vela.