Mentiría como un bellaco quien afirmara que nunca cayó en la tentación de comprar algún producto de marca falsificada. La  actividad está  tan extendida que ya sea en la ciudad en que vives o cuando se viaja al extranjero siempre hay alguna circunstancia que te pone en la tesitura de adquirir cualquiera de esas copias fraudulentas.

Las empresas a las que piratean tienen motivos sobrados para lamentar y exigir durezaLas empresas a las que piratean tienen motivos sobrados para lamentar y exigir dureza contra la arrogante implantación de un negocio en negro que les provoca pérdidas millonarias, que perjudica a los contribuyentes y desincentiva a los sectores afectados. Vender falsificaciones constituye un delito y el comprarlas, una falta de civismo  a pesar de lo cual no hay por parte de los clientes el menor intento de ocultación ni atisbo de vergüenza en la transacción comercial, lo que revela la escasa concienciación que existe. Es más algunos, aunque regateen el precio hasta la extenuación,  creen incluso hacer una obra de caridad comprándole al “pobre negrito” un bolso, unas gafas, unas zapatillas o la copia de una película recién estrenada en los cines. 

Yo mismo he de admitir que el asunto de los manteros me suscita sentimientos muy contradictorios. He hablado con muchos de ellos y detrás de cada uno hay casi siempre una historia de supervivencia, en ocasiones heroica. Aunque la suya sea una práctica delictiva no suelen ser conflictivos ni tienen vocación de delincuentes. Son chicos generalmente muy respetuosos y educados que han huido de la miseria, de la falta de  expectativas en sus países de origen  o incluso de la guerra y que no vieron otra salida,  probablemente porque en realidad no la tienen, que entregarse a las mafias que manejan este inmenso negocio.

Puedo entender las reticencias a quitarles  a personas así su modus vivendi, porque yo también las tengo,  pero es evidente que la solución no pasa por hacer la vista gorda y que el pirateo acabe con puestos de trabajo y con  empresas que pagan religiosamente sus impuestos. Creo que ayudaría el que pudieran acceder a formas lícitas de ganarse la vida  porque la inmensa mayoría de ellos lo están deseando. 

Son chicos generalmente muy respetuosos que han huido de la miseriaEl ya clásico espectáculo, en las calles más concurridas de cualquier ciudad de España, en la que los manteros copan las aceras hasta atascar el tránsito de peatones frente a los comercios legales a los que parasitan, proyecta una imagen penosa del  espacio urbano y revela la nula eficacia con la que lo combate el Estado de derecho. Lo que se transmite es la sensación de que el de las falsificaciones es un negocio muy bien orquestado en el que corren muy pocos riesgos quienes realmente se forran. Y ninguno de los que sale corriendo tras levantar la manta está entre ellos.