En aquel poblado apenas si quedaban una decena de habitantes. Eran los últimos miembros de una etnia que tiempo atrás tuvo un lenguaje propio y también su propio universo espiritual. Eran los Acunsú antiguos pobladores de una amplia zona del estado Amazónico de Rondonia. Cuando contactamos con ellos en el 2003 ya se declaraban plenamente conscientes de su extinción. Desde hacía décadas habían sido acosados sin piedad para arrebatarles las tierras que ocupaban . Les cazaban a tiros como si fueran alimañas o colgaban de los arboles azúcar envenenada para acabar con sus vidas. Se trataba de eliminar cualquier impedimento que pudiera frenar la deforestación de la selva y ampliar las gigantescas haciendas dedicadas a la explotación agrícola y ganadera.

Durante los años posteriores y ante las denuncias internacionales Brasil quiso mostrarse al mundo como el gran protector de la Amazonia, si bien esa postura oficial estuvo siempre lejos de responder a la realidad. Los "facenderos", propietarios de los grandes latifundios, siguieron devastando la selva y acorralando a sus cada vez más escasos pobladores que ejercieron muchas veces de heroicos guardianes de su preservación. Así el mas extenso espacio natural del planeta, la mayor factoría de reciclaje del CO2 de todo el mundo, principal responsable del calentamiento global y del llamado efecto invernadero , el auténtico pulmón de la tierra fue cediendo terreno y mermando año tras año sin que las denuncias de los organizaciones conservaciones hicieran mella en tal acción criminal ni pudieran frenar su deriva.

Si aquello acontecía cuando Brasil presumía de leyes proteccionistas y se pretendía controlar la extracción maderera, qué no estará ocurriendo ahora estando al frente del gobierno un populista sin escrúpulos medioambientales que alcanzó el poder con el impulso de los grandes emporios agrícolas y ganaderos del país. Jair Bolsonaro en su campaña electoral ya manifestó que la protección de los espacios naturales suponía un obstáculo para el crecimiento económico y adquirió incluso el compromiso de relajar la preservación para favorecer la explotación de los bosques tropicales con fines comerciales. Lo está cumpliendo. La tala masiva de árboles está dando paso a cultivos de soja o tierra de pastos para el ganado. Desde que Bolsonaro accedió a la presidencia en 2018, Brasil ha perdido casi un millar de kilómetros cuadrados de superficie arbórea.

El debilitamiento en la protección de las reservas naturales ha hecho saltar todas las alarmas del conservacionismo mundial que ve en las dificultades económicas que atraviesan los cariocas la excusa perfecta para incrementar las tasas de deforestación sin cortapisa alguna. El populismo de Bolsonaro no ve problema alguno en devastar la Amazonia y dice no admitir que desde el extranjero se pretenda influir en la política medioambiental de su pais. Ni a él ni a los intereses económicos que lo manejan les preocupa que la salud del planeta se resienta. "La Amazonia es nuestra, no de ustedes", manifiesta altanero cuando le critican desde fuera. Todas las presiones políticas y económicas serán pocas para afrontar su error. Aquella selva es vital para la supervivencia de todos por tanto la Amazonia también es nuestra.