Alguien en Ferraz se llevaría la bronca. Quienes montaron el pomposo acto del PSOE en la estación de Chamartín lo calcularon todo menos la temperatura. El discurso que allí pronunció Pedro Sánchez se le hizo largo incluso al orador y no por falta de interés, sino por el calor inclemente que hacía en la sala.

Alguien, sin mucho acierto, debió pensar que el ruido de los acondicionadores de aire eclipsaría el verbo fluido del líder socialista y nos mantuvo huérfanos de viento fresco en un espacio donde no cabía una mosca.

Sudaron los del gobierno casi en pleno; los de la clac del patio de butacas; sudamos los periodistas y, sobre todo, sudó el presidente que saldría en las fotos y en las teles con unos chorretes más propios del baloncesto que de la presentación de una oferta para negociar su investidura. De no haber sudado Sánchez, habríamos pensado que no era humano.

El horno de Chamartín tuvo, sin duda, un componente pirotécnico que olía a pólvora electoral, pero su principal objetivo era comprometer a Unidas Podemos y dejar la pelota en su tejado hasta cargar en ellos la responsabilidad de una repetición de elecciones, si finalmente la hubiere.

El trufar en su programa la gratuidad de las guarderías infantiles, la atención bucodental en la sanidad pública, la renta mínima de inserción o el blindaje constitucional del poder adquisitivo de las pensiones pone a la formación de Pablo Iglesias en un aprieto. Lo fuerza al presentarlas junto a unos mecanismos de control de rigurosa apariencia con el que trata de romper el relato de los morados sobre su imprescindible presencia en el Gobierno para garantizar el cumplimento de lo pactado.

El movimiento táctico ha funcionado. Por mucho que a Sánchez se le vea el plumero de no hacerle ascos al adelanto electoral, a Unidas Podemos no le quedó otro remedio que coger con cautela la oferta socialista y, como poco, sentarse a negociar dejando en el aire la condición sine qua non del Gobierno de coalición para apoyar la investidura.

Aunque el presidente en funciones reafirmó que no quiere ministros de Podemos que le den sobresaltos, sí les ofrece la posibilidad de que encabecen órganos e instituciones que pueden ir desde el ámbito político al energético. No es lo mismo que un Ministerio pero resulta tentador para quienes se ven perdidos.

Una repetición electoral entraña siempre incertidumbres porque vaya usted a saber cómo estará el clima político el 10 de noviembre, a pesar de lo cual no a todos les suscita el mismo temor ni asumen el mismo nivel de riesgo.

Encuestas aparte, en la batalla de la izquierda, el PSOE se presentaría a los comicios más unido que nunca mientras que la formación morada acudiría hecha trizas por más que Iglesias trate de aparentar lo contrario.

Las confluencias están manga por hombro y hasta su socio y amigo de IU, Alberto Garzón, le pone mala cara a la exigencia de entrar en el Gobierno. Sus seis parlamentarios preferirían darle la investidura a Pedro Sánchez y permanecer en la oposición.

Con semejante panorama interno igual Iglesias termina comiendo del asado que salió del horno de Chamartín. Y lo mismo Sánchez se arrepiente de haberle invitado al ágape.