Al Gobierno de Pedro Sánchez empiezan a crecerle los enanos. Lo malo que tiene gestionar un país es que te saltan los problemas por doquier, como esas fugas de presión en los submarinos cuando rebasan sus límites de profundidad.

El Ejecutivo socialista tomó el poder a mitad de la legislatura y se propuso actuar rápido y de forma determinante en distintos frentes, ninguno de los cuales resulta fácil de abordar. Aquella foto inicial del Gobierno bonito a las puertas de la Moncloa ya se va decolorando cuando solo hace tres meses que se tomó la instantánea. Ahora no es tan bonita.

Apenas cumplía una semana cuando le dimitía el ministro de Cultura, al trascender unos problemas con Hacienda que había zanjado años atrás, y este martes caía la ministra de Sanidad por haber cursado el fatídico máster de la Rey Juan Carlos que ya se llevó por delante a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. La intención inicial de Sánchez fue la de mantener a Carmen Montón en su cargo, de quien habíamos escuchado explicaciones en apariencia más convincentes que las de Cifuentes. «No todos somos iguales», llegó a decir la ministra esgrimiendo un trabajo de fin de máster que, horas después, se volvería contra ella como un mortífero búmeran al comprobarse que, al menos, una veintena de las 52 páginas del trabajo presentado habían sido plagiadas de otros textos como la Wikipedia.

Montón caía sin remedio a pesar del apoyo expresado por sus compañeros de Gabinete y del propio presidente Sánchez, que pocas horas antes de su dimisión manifestaba su respaldo de forma inequívoca. El mismo martes por la noche ya había una ministra nueva en el intento de reducir la crisis de Gobierno a la mínima expresión.

Aunque con este proceder el PSOE pueda sacar pecho por su alto nivel de exigencia ética, no hay duda de que lo acontecido debilita la fortaleza de Sánchez. Lo insólito en este caso es que a quien más perjudica la caída de Carmen Montón es al flamante presidente del PP, tocado ya desde hace tiempo por el máster de la Rey Juan Carlos. Los denodados esfuerzos de Javier Maroto por marcar las diferencias entre el caso Montón y el de Pablo Casado pierden consistencia al fundamentarlos en el hecho de que el trabajo de fin de curso de su jefe de filas no contenía plagio alguno. Aunque Casado esté en su perfecto derecho de no mostrar su trabajo, resulta difícil mantener tal argumentario sin hacerlo público.

Quien trata ya de sacar partido a los estragos del máster es Albert Rivera. Este mismo miércoles, en la sesión de control del Congreso interpeló con dureza a Pedro Sánchez sembrando dudas sobre su tesis doctoral y mezclándolas con los casos de Montón y Casado.

Es cierto que para este Gobierno socialista no hubo ni cien días ni cien horas de gracia siquiera, pero es obvio que lo realmente duro empieza ahora. Entramos en un periodo cargado de citas electorales, algunas tan inminentes como las andaluzas, y no habrá piedad para el Gobierno ni para su presidente, por bonitos que fueran. Gobernar supone estar expuesto al foco más intenso de la crítica y un desgaste continuo. Pero como decía Giulio Andreotti, por mucho que el poder desgaste, lo que más desgasta es la oposición.