Curiosa capacidad la de este país de generar controversias absurdas. La suscitada por el asunto de los bolardos tras el atentado en la Rambla lleva camino de resultar delirante. La cuestión de fondo es la supuesta irresponsabilidad de la alcaldesa de Barcelona por no haber instalado unos bolardos en la Rambla que supuestamente habrían evitado la masacre. Una teoría más que discutible con un trasfondo claramente político y, en consecuencia, de lo más mezquino en circunstancias como las actuales.

Entregados a esa tarea, que tan poco ayuda a no desviar la atención sobre el gran enemigo común que es el terrorismo yihadista, hay unos cuantos tramontanos, entre los que destaca ese párroco de Cuatro Caminos. Don Santiago Martín se permitió el lujo de arengar a sus feligreses durante la misa para corresponsabilizar a Ada Colau de los crímenes por no haber instalado allí los bolardos como aconsejó el Ministerio del Interior. Martín habla del interés de los "comunistas" por proteger a los asesinos y en su filípica mete en el mismo saco a la alcaldesa Carmena por actuar igual en la Puerta del Sol. Su disparatada diatriba llega al extremo de sugerir a las víctimas que actúen legalmente contra el Ayuntamiento de Barcelona.

Al párroco ya ha debido leerle la cartilla el Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, quien tuvo que emitir un comunicado recordando quiénes son realmente los terroristas y cuál es la posición del papa Francisco. Otro que ha recibido el reproche de su partido es el alcalde de Alcorcón. El popular David Pérez se ha pronunciado en parecidos términos que el sacerdote de la era de Rouco, acusando a Colau nada menos que de "allanar el camino a los terroristas".

Es obvio que la forma de terrorismo a la que nos enfrentamos no se detendrá por unos bolardos. De hecho, la primera intención de la célula de Ripoll era atentar con un vehículo cargado de explosivos, que pueden situar en cualquier calle o en el garaje de un centro comercial, como hizo ETA en Hipercor. Tampoco los ocupantes del Audi pretendían utilizar el coche para un atropello masivo, sino bajarse del mismo y apuñalar a la gente, a diestro y siniestro. De nada habrían servido los bolardos en aquel paseo marítimo.

La presión ha sido tal que el Ayuntamiento de Barcelona tuvo que mostrar una carta que deja patente que la recomendación de instalar bolardos en la Rambla se refería a las Navidades, fechas en las que sí fueron colocados unos de carácter móvil, al igual que hicieron en la Puerta del Sol de Madrid en Nochevieja. Este tipo de impedimentos complica sobremanera el movimiento de vehículos policiales y de emergencia, lo que siempre obliga a considerar su utilización. El Ayuntamiento de la Ciudad Condal se está planteando el volver a utilizar esos otros obstáculos móviles que empleó en Navidad. Se acierte o no en el criterio de instalación, a nadie en su sano juicio se le ocurre que haya alcaldes que no pongan los bolardos para dar facilidades a los terroristas. Hay que ser muy retorcido para pensar así. Y a los lunáticos del yihadismo les encantaría que, por su causa, 'embolardemos' España.