El 10 de diciembre de 1977, el rey de Suecia entregaba el Premio Nobel de Literatura al poeta español Vicente Aleixandre. El galardón devolvía a España al ecosistema de la cultura occidental del que le apartó la dictadura. Además de sus sobrados méritos literarios hubo en el premio una intencionalidad política, premiándole a él premiaban a la Generación del 27 y a la carga de libertad que la poesía contiene.

Aquel día, Aleixandre no estaba en Estocolmo. Su frágil salud le impidió ir a la cita con la gloria y fue su amigo el poeta y traductor Justo Jorge Padrón el encargado de recoger el galardón. Aquel día, pues, el foco informativo estuvo en el chalé de la calle Velintonia 3 donde el poeta guardaba reposo.

Un día, un lugar y un personaje determinantes en mi vida profesional. Dos meses llevaba quien esto les cuenta de meritorio en la SER, testando mi vocación profesional. Solo restaban 30 días para concluir el periodo de prácticas y nada parecía indicar que tuviera posibilidad alguna de renovar mi relación laboral con la radio.

Todos los periodistas que aquella mañana marcaron el teléfono de Velintonia 3 o llamaron a su puerta para hablar con el poeta habían recibido la negativa de su entorno por motivos de salud. Yo fui el último en hacerlo. La radio me envió allí a poner una simple nota de color, sin esperanza alguna de obtener declaraciones del gran protagonista. Entendí que aquella podía ser mi oportunidad de llamar la atención para seguir en la SER y pulsé el timbre.

Con gesto lastimero y actitud mendicante le expliqué a la doméstica que abrió la puerta que era amigo de Javier Lostalé, discípulo del poeta (lo que era cierto), que mi futuro laboral no pintaba bien y que le dijera a don Vicente que una pequeña entrevista me salvaría. Ya me sorprendió que le diera el recado, y aún más el que volviera para franquearme la entrada a la casa. "Solo unos minutos", dijo la muchacha.

Aquel salón olía a libros y a madera de la que cruje al pisar, y sus paredes se me antojaron impregnadas de las voces y los versos de los grandes poetas del siglo xx que acogieron. Por un segundo imaginé en ese refugio que fue de talento y sensibilidad a Lorca, Gerardo Diego, Jorge Guillén o Neruda. Fue el segundo que tardó en arrancar la regañina de Vicente Aleixandre, recostado en un sofá de piel cuarteada y con una manta de cuadros sobre las piernas.

"¿Cómo me hace usted esto?", me espetó; 2¿no le da a usted pena? ¡Estoy enfermo!" Me faltó arrodillarme, pero reuní el ánimo suficiente para decirle que solo serían tres preguntas y ninguna difícil. Le grabé diez maravillosos minutos y a punto estuve de besarlo. Salí de aquella estancia flotando.

Cuando entré en antena con la voz de Aleixandre en el aire supe que me ganaría la vida con el periodismo y que solo sería periodista, lo que constaté cuando, al volver a la emisora, observé que ya nadie me miraba como un novato. No se lo que hay que hacer ni dónde firmar para rescatar al viejo caserón de Velintonia 3 de la hiedra que se lo come y que vuelva a ser el templo de la memoria poética que un día fue.Porque un país que no venera a sus poetas es un país enfermo. Y eso también lo supe aquel día.