La política española ha perdido el norte, o a lo peor lo ha perdido la sociedad a la que, en teoría, se debe. Que en el punto cenital de la campaña electoral del 28A el centro de la discusión lo ocupe un debate sobre los debates que ha de haber y quiénes han de participar en ellos es para que nos lo hagamos mirar.

No es la primera vez que ello acontece. En las últimas citas electorales y, con distintas variaciones sobre el mismo tema, se ha repetido sistemáticamente la pelotera en la que el que siempre tiene la sartén por el mango es el inquilino de la Moncloa. Sin su concurso, el debate de las figuras principales carece de sentido alguno y, en consecuencia, es él quien pone las condiciones. Pedro Sánchez lo hace, como antes lo hicieron Rajoy, Zapatero y el propio Aznar, cuyas negativas al cara a cara cuando era presidente le recordaba a los populares el jefe de la campaña socialista, Jose Luis Ábalos.

Los presidentes de Gobierno optan siempre por lo que entienden que más les conviene, y los reproches por su egoísmo cambian de un color a otro sin pudor alguno. El equipo de Sánchez coligió que al PSOE lo que más le interesaba era colar a VOX en el debate de los presidenciables y repetir la foto de la Plaza de Colón con la derecha constituida en tridente. Proyectando esa instantánea, que el actual jefe de Ejecutivo ya se encargaría de remachar en el transcurso de la discusión, además de contribuir a la fragmentación del ala derecha poniendo a sus tres líderes en el mismo plano, le ayudaría a ampliar el ya holgado perímetro electoral que las penosas tácticas de sus oponentes le han obsequiado.

Con las normas en la mano, la Junta Electoral sacó a VOX del debate de Atresmedia para satisfacción de Pablo Casado, de Albert Rivera y del propio Santiago Abascal que, aunque protestando con la boca pequeña, se quitó un peso de encima. El temor cerval a que Abascal quedara como la chata en ese debate y se le viera el cartón, que ellos mismo difundieron torpemente en la red, revela hasta qué punto respiraron con la exclusión. En un espacio así no se puede ir a vender humo. Ya solo por retratar a VOX, cuya concurrencia atraviesa de punta a punta estos comicios, habría merecido la pena presenciar el debate de la cadena privada.

La Junta electoral cumple, sin embargo, con su cometido de aplicar unas normas que a todas luces resultan insuficientes y obsoletas. Los debates electorales han de ser regulados por ley de forma y manera que sea obligatorio celebrar, al menos, uno entre los presidenciables. Un debate en un medio público donde se garantice la neutralidad y que se ceda la señal de manera gratuita a cuantos quieran engancharse a ella.

Los medios privados, por su parte, han de poder convocar sus propios espacios de discusión y proponer a los candidatos otros formatos periodísticos que permitan alumbrar, del mejor modo posible, el contraste de las diferentes propuestas. Asegurar, en definitiva, la realización de toda suerte de espacios que contribuyan al mejor conocimiento de los lideres y sus ofertas y no nos quedemos, como siempre, en las agarradas superficiales y en los debates sobre el debate.

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