La custodia compartida avanza. Es buena noticia si comulgamos con la doctrina del Tribunal Supremo que considera "normal e incluso deseable" el que tras una ruptura matrimonial ambos progenitores se repartan la custodia y el cuidado de sus hijos.

Hay ya jurisprudencia que determina que los procesos de divorcio han de guiarse en exclusiva por el interés superior del menor y prima, en consecuencia, el derecho de los críos a relacionarse tanto con el padre como con la madre. Hoy en día, una de cada tres rupturas se resuelve repartiendo la custodia, cuando hace solo una década apenas un diez por ciento de los padres divorciados lograba obtener el mismo derecho de custodia que las madres.

Al margen de los cambios que introdujeron varios Gobiernos autonómicos, y que impulsaron esa tendencia a la igualdad en sus territorios, se evidencia una evolución positiva en la cultura social sobre cómo han de arbitrarse estas situaciones. Las resoluciones judiciales han creado, con demasiada frecuencia, circunstancias dramáticas que revelan hasta qué punto se toman decisiones determinantes sin suficiente información y detenimiento.

El pasado septiembre asistíamos atónitos al asesinato en Castellón de dos niñas de la mano de su propio padre después de que un juzgado denegara el alejamiento de su exmujer y de las crías. Es obvio que no siempre es fácil acertar y que los despechos provocan conflictos muy complicados de juzgar, pero hay señales y comportamientos lo suficientemente reveladores que el sistema no procesa bien.

Estos episodios brutales de violencia machista, que hemos de conjurar con el mayor empeño, no deben ocultar otras situaciones en las que están pagando justos por pecadores. Son las que denuncian las asociaciones de padres divorciados damnificados de decisiones judiciales igualmente cuestionables. Sin otro delito que la ruptura, no siempre por ellos propiciada ni deseada, muchos se han visto abocados a perder prácticamente de vista a sus hijos.

Un trato discriminatorio que responde a la lógica de otras épocas en que las mujeres eran absolutamente dependientes de sus maridos y se ocupaban, sobre todo, de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Ese escenario, por fortuna, ha ido cambiando y, aunque aún quede mucho por hacer, la gente en general entiende que lo idóneo es que la mujer tenga un proyecto profesional propio con autonomía económica, y que ambos cónyuges se impliquen por igual en los trabajos domésticos y la atención de los críos. Con ese marco de fondo, no era justificable que tras un divorcio el progenitor masculino quedara, por sistema, fuera de la custodia de su prole.

Ha de haber una evaluación seria, caso por caso, y un juez que la examine rigurosamente y decida primando el derecho de los menores a la relación con sus dos progenitores. Ese derecho deben recordárselo a los divorciados de ambos sexos que con frecuencia libran batallas judiciales encarnizadas por la custodia y el control de sus hijos sin pensar en el bienestar de ellos. Los críos deben disfrutar de su padre y de su madre, juntos o separados. Y sobre todo, que nunca los utilicen como arma arrojadiza.