No me costó dejar de fumar. Tampoco es que fuera un fumador convulsivo, pero adoraba esa liturgia del cigarrillo tras los pequeños acontecimientos cotidianos. Dejé el tabaco por miedo y ese sentimiento, que alerta de aquello que nos amenaza, me proporcionó la fuerza para abandonar la adicción. Tal vez por ello entienda peor que haya tanta gente inteligente enganchada a un vicio que a medio y largo plazo reduce drásticamente la calidad de vida e, incluso, te la puede quitar.

Al tabaco se le atribuyen 7,2 millones de víctimas mortales en el mundo, una cifra brutal que ahora ha quedado ampliamente superada por las muertes que se imputan a la contaminación atmosférica. Casi 9 millones de seres humanos mueren o ven acortada su existencia a causa de la polución del aire.

El dato, resultado de un estudio realizado a finales del 2018 empleando nuevas y más completas bases de informacion, dobla la anterior estimación enfatizando la gravedad del problema. Además de esa escalofriante cifra, el estudio aporta –al menos para un profano–conclusiones muy llamativas.

Cuando se habla de los efectos de la contaminación atmosférica sobre la salud tendemos a pensar solo en las enfermedades respiratorias. Es una impresión a la que contribuye generosamente esa imagen ya clásica de los urbanitas japoneses y coreanos embozados con mascarillas protectoras. No pensamos sin embargo en las patologías cardiovasculares cuyo vínculo con la contaminación está muy documentado.

Los autores del estudio señalan que la suciedad ambiental provoca un aumento del estrés oxidativo y daños en el aparato circulatorio que conducen a un aumento de la presión arterial favoreciendo la insuficiencia cardiaca, la diabetes, los ictus y los infartos. La suma de estos efectos supone el que, en términos estadísticos, los grupos poblaciones mas expuestos a la polución ven recortada en dos años su esperanza de vida. Nada menos.

A diferencia del tabaquismo, el de la contaminación es un vector adverso para la salud muy difícil de afrontar individualmente porque dejar de fumar está en la voluntad de cada cual, pero no el dejar de aspirar aire contaminado. Se da la circunstancia de que son los países más ricos y desarrollados los que han salido peor retratados en esa investigación de forma que, en la UE, es Alemania quien encabeza el listado de muertes atribuibles a la contaminación ambiental con 154 decesos por cada 100.000 habitantes, mientras que en España se sitúa en un centenar.

El gran reto es por tanto hacer compatible el desarrollo económico, imprescindible para sostener otros factores igualmente determinantes en nuestra salud y esperanza de vida, con la progresiva reducción de los elementos contaminantes que lanzamos a la atmósfera. Es algo que solo puede lograrse potenciando la investigación de alternativas ecológicas y articulando una nueva legislación comunitaria más exigente con el cuidado del aire. La tarea es más difícil que dejar de fumar, pero se entiende mal que no se acometa con determinación pudiendo ahorrar más vidas.