De los ocho millones de especies que existen en el planeta, un millón está amenazado de extinción. Ese fue el titular del demoledor informe presentado por la Unesco a principios de mayo que alerta de una devastación sin precedentes por los cambios en el uso de la tierra y el mar que causa la acción humana.

La alarma es una llamada casi desesperada a la responsabilidad en favor del respeto a la biodiversidad que exige escuchar con la mayor atención la voz de los expertos. La más cualificada es, sin duda, la del movimiento medioambiental conservacionista cuyo objetivo es la protección de la biodiversidad y la defensa de los recursos naturales de manera sostenible. Su acción se confunde frecuentemente con la de los llamados animalistas, cuyos fines –aunque puedan parecer similares– difieren en su filosofía hasta verse enfrentados.

Mientras el movimiento animalista se vuelca en la defensa de los derechos de los animales –concebidos como individuos–, y desde la idea de que han de ser libres y no pueden ser manipulados ni mantenidos en cautividad bajo ninguna circunstancia, los conservacionistas ofrecen medios con base científica para asegurar la supervivencia de las especies. Un punto clave de sus diferencias reside en los zoológicos que los animalistas demonizan por concebirlos como cárceles donde se manipula y priva de libertad a la fauna salvaje. Sus tesis han prosperado en Barcelona, cuyo Ayuntamiento ha abocado al cierre de su centenario zoo por entender que vulneraba los derechos de los animales.

Es obvio que muchas de estas instalaciones han quedado obsoletas y exigen reformas que conformen unas condiciones lo más parecidas al hábitat natural de las especies que acogen. Sin embargo, olvidar las posibilidades pedagógicas y de concienciación que pueden llegar a ofertar a sus visitantes en favor del mundo animal es de una cortedad difícil de entender. Y no solo eso, la EAZA, asociación europea a la que pertenecen 340 zoos y acuarios de 41 países, dirige cientos de programas de cría de especies en riesgo de extinción. El suyo es un trabajo del más alto nivel científico que engrana a diferentes instituciones en favor de la defensa de las especies amenazadas y sus ecosistemas.

La realidad, como advierte la Unesco, es que o actuamos pronto y con inteligencia o en unas pocas décadas asistiremos al fin de la biodiversidad tal y como hoy la conocemos. Actuar con determinación en el mantenimiento de los ecosistemas y emplear todos los instrumentos de que la ciencia dispone para recuperar la salud del planeta, apoyando a los países en vías de desarrollo cuyos hábitats salvajes ofrecen el mejor de los refugios imaginable.

La visión del derecho individual de los animales que propugnan los animalistas no puede ni debe desviar la atención sobre la magnitud y visión global del problema. No necesitamos ahora papanatas entusiastas, sino especialistas y recursos que apoyen e incrementen los proyectos de conservación para poner a salvo las especies en riesgo inminente de desaparición. Lo demás es ignorancia o demagogia.