Cuando los taxistas hablan de acabar con las cucarachas no están pesando en usar ningún insecticida. Tampoco se refieren a combatir plaga alguna de tan repugnante insecto. Cuando emplean  el apelativo ‘cucaracha’  están refiriéndose a los vehículos de alquiler con conductor, los llamados VTC. Los denominan así por su color negro, por contemplarlos como invasores y por lo que tiene el término de despectivo. La inquina que se ha engendrado en el sector del taxi contra los VTC, y viceversa, está alcanzado niveles ciertamente peligrosos.

El origen del problema que los enfrenta reside en la Ley Ómnibus que el Gobierno de Zapatero aprobó en diciembre del 2009 en línea con las directrices de liberalización europeas. A partir de ella se desató un embrollo legal en el que cada cual juega sus bazas a cara de perro. Ninguno tiene la razón plena ni tampoco el absoluto desacierto. Tanto es así que muchos de los que conducen VTC trabajaron antes en el  taxi y hay taxistas que antes condujeron coches de alquiler. Es un complejo conflicto de intereses puro y duro, una competencia feroz por el espacio en la que se juegan la supervivencia.

Judicialmente el asunto está tan enredado que, conociendo los tiempos que aquí se gasta la justicia, no parece que podamos esperar a que los tribunales paren la espiral de tensión. Hay que buscar un marco de convivencia que permita conjugar el empeño de unos y de otros sin olvidar lo que conviene a los ciudadanos. Esto último no siempre se tiene en cuenta. No lo hicieron los taxistas cuando, en sus legítimas jornadas de huelga, trataron de colapsar la ciudad o protagonizaron acciones violentas que, aunque provocadas por grupos minoritarios, no fueron reprobadas por la mayoría.

Grupos minoritarios protagonizaron las acciones violentas, pero no fueron reprobadas por la mayoría

En las vísperas del último paro general traté de explicarle a un taxista que con episodios de violencia y paralizando la movilidad urbana podrían llamar la atención pero perderían la batalla de la opinión pública. Creo que entonces no logré convencerlo. Algo sin embargo debieron aprender de la experiencia cuando han decidido descartar la convocatoria de huelga indefinida argumentando que "los usuarios no deben pagar las consecuencias del conflicto". Es un rasgo de sensatez e inteligencia que les favorece.

La realidad es que esas cucarachas que tanto abominan se han ganado una parte importante de la  clientela ofreciendo un servicio más amable, esmerado y económico que el del taxi. La única forma eficaz  de plantarles cara es competir en calidad y no limitarse a acusarles de competencia desleal. Así lo han hecho en lugares como Singapur, donde los taxistas tradicionales crearon plataformas digitales similares a las de Uber ofertando ventajas parecidas. Además supieron mejorar las condiciones del servicio hasta el punto de superar las de sus competidores. La rivalidad profesional ha de traducirse en una renovación virtuosa de la oferta de transporte para el usuario, que es quien compara y elige. Eliminar las cucarachas no es posible; según los entomólogos resistirían hasta un holocausto nuclear.