Desayunar poco es un error. Lo es incluso para quienes pretenden bajar de peso. Si repasan los preceptos de las dietas elaboradas con fundamento científico, no las ‘milagro’, de las que hay que huir como de la peste, en todas ellas sus prescriptores se muestran especialmente generosos con la ingesta indicada para las primeras horas de la mañana. Es en esa parte del día en la que se consiente incluso un cierto exceso y en la que está casi prohibido pasar hambre.

Esto me trae a la memoria el interés que mi padre ponía cuando yo era niño en que saliera de casa con el estómago lleno. No era endocrino, ni un pretendido precursor de los métodos ahora vigentes. Simplemente se convenció tras haber estado durante unos meses en Wyoming y comprobar cómo aquellos habitantes del viejo oeste se ponían morados de buena mañana. Debió de verlos fuertes y lustrosos, porque en cuanto abría el ojo temprano me plantaba el zumo de naranja, un huevo con su buena loncha de fiambre y uno de esos Cola Cao de antes con bizcocho y galletas.

«Así no te lleva el aire», decía. Volar, desde luego, no volaba.

Con el paso de los años pensé que exageraba, aunque siempre mantuve la tendencia a desayunar más que la media, que generalmente solo se ponen ciegos en el bufé de los hoteles cuando están de vacaciones. Se da la paradoja de que muchos de sus ávidos clientes tienen por costumbre desayunar muy poco en su marcha habitual o incluso salir de casa con el café bebido.

Revisar algunos hábitos alimenticios podría fortalecer aún más nuestra longevidad

Este hábito es el que ahora se ha revelado como nada saludable gracias a un estudio del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III. Empleando nuevas técnicas de ultrasonido, capaces de realizar ecografías en 3-D extremadamente precisas, midieron la acumulación de grasa en las arterias de 4.000 personas que, en principio, no aparentaban tener problema alguno. Todos eran empleados del Banco Santander, que colaboró en el estudio, con edades comprendidas entre los 40 y los 54 años, y todos hubieron de responder a un minucioso cuestionario sobre su dieta.

El resultado fue más que interesante. Solo uno de cada cinco participantes tomaba un desayuno copioso, como aquel que me daba mi padre, y había incluso un pequeño porcentaje que prácticamente no ingería nada. Lo llamativo era que los síntomas de aterosclerosis se disparaban entre los últimos con respecto a los primeros. Dicho de otra forma, lo que el aparato circulatorio parece a todas luces agradecer es que comamos mucho por la mañana y vayamos reduciendo la ingesta según avance el día. Un ritmo que en demasiados casos suele ser al revés. Es verdad que a los españoles muy pocos pueden darnos lecciones en materia de esperanza de vida, pero revisar algunos hábitos alimenticios podría fortalecer aún más nuestra longevidad. Este de mejorar el desayuno, sobre todo en los niños, es ya indispensable.