Vengo de inyectarme Colombia en vena. Vengo de sumergirme en un país que no pisaba hacía trece años y que me ha costado reconocer para bien. Un país al que la última década de crecimiento económico sostenido le sitúa en posición de salida para dar un gran y definitivo salto hacia el desarrollo. Ese despegue decisivo que no era posible impeler mientras no se diera por cerrado el conflicto armado que mantenía con la guerrilla de las FARC desde hace medio siglo. Hubo que recurrir para ello al realismo mágico estableciendo un complejo y delicado equilibrio entre  la paz y la justicia.

Durante cuatro años y con  la idea rectora de acabar con ese conflicto, el Alto Comisionado para la paz Sergio Jaramillo diseñó una estrategia  empeñada en  abrir nuevos escenarios de diálogo que fueran dándole irreversibilidad al proceso. Había que conseguir, nos cuenta reflexivo, que se entregara con armas y bagajes un ejército de 17.000 efectivos que no se declaraba derrotado y cuya total aniquilación habría costado cientos de vidas humanas. Había que buscar fórmulas que permitieran combinar reparación y reinserción y que conciliara  a víctimas y victimarios. Esa cuadratura del círculo se logró en La Habana, negociando cara a cara sin mediadores y solo actuando como garantes Cuba y Noruega.

Aquel acuerdo, que tuvo que afrontar enormes dificultades y poderosos detractores y que ahora el gobierno se esfuerza en desarrollar, es el que permite a Colombia proyectar el futuro de reformas y avances en infraestructuras quizá más ambicioso de toda América Latina. Bogotá, su capital, planea acometer la construcción de sus primeros 23 kilómetros de metro en superficie y plantarle cara al gran problema de movilidad de una urbe en la que pululan 10 millones de personas. También se proponen acometer la ejecución de parques lineales que conecten los cerros verdes orientales que abrazan la ciudad y levantar depuradoras que laven el 65% de las aguas residuales que aún quedan por tratar, salvando así al río Bogotá de su condición de cloaca. Estas y otras actuaciones como la construcción de viviendas y dotación de servicios requerirán en los próximos cinco años un nivel ingente de inversiones que en su conjunto triplicará el coste de ampliación del Canal de Panamá. Son magníficas oportunidades de negocio para las 450 empresas españolas que operan en Colombia, como lo son también los proyectados 1.300 nuevos kilómetros de autovía o las infraestructuras previstas en torno al río Magdalena que pretenden hacer navegable en un millar de kilómetros.

Son magníficas oportunidades de negocio para las 450 empresas españolasNada de esto sería posible, no al menos con la ambición que se plantea, de no haber parado ese conflicto bélico que durante cinco décadas acaparó los recursos, la sangre y las energías de los colombianos. El presidente Santos nos lo contó con la sonrisa cansada de quien se ha dejado muchas plumas en esa gatera. Con la convicción de quien entiende que  la paz es siempre rentable.