La duda surge cuando hay que cambiar de coche. Se habla tanto de los vehículos eléctricos y del declive de los motores de combustión que la oferta de automóviles de gasoil o gasolina se te antoja anticuada. La compra de un coche constituye un desembolso considerable en una economía doméstica y la sospecha de obsolescencia prematura surge cuando imaginas que tu flamante vehículo de ahora tendrá una pésima salida en el mercado de segunda mano en solo tres o cuatro años.

El problema es que la competitividad del coche eléctrico está aún muy verde y la mayoría de los pocos pioneros que apuestan por él lo hacen más por convicción medioambiental o incluso por esnobismo que por eficiencia. Es verdad que los vehículos eléctricos, además de estar libres de emisiones de carbono, no vibran ni hacen ruido, lo que convierte su conducción en placentera, pero aún resultan caros de adquirir, su autonomía deja mucho que desear y, lo que es peor, los puntos de recarga son casi testimoniales. Queda, pues, una tarea ingente por hacer en la que está embarcado todo el sector del automóvil y las grandes compañías de la energía, sabedoras de que los coches eléctricos se impondrán tarde o temprano en el paisaje urbano de las grandes ciudades y que cuando eso suceda la gasolina y el diésel serán historia y los vehículos que los consumen, carne de chatarra.

Dice la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, que "el diésel tiene los días contados", pero está por ver cuántos días son esos. Ni la industria se atreve a precisar los tiempos de transición, que pretenden cubrir con los llamados híbridos, enchufables o no, mientras que los más interesados en acortarlos son aquellos que administran las megaurbes donde el aire es irrespirable. Esas administraciones locales poseen una enorme capacidad de impulsar las energías limpias, pero no solo limitando el uso de los vehículos contaminantes en los cascos históricos, sino fomentando también la implantación de redes de repostaje eléctrico en las calles y en los aparcamientos públicos y privados.

Otro aliciente indispensable es el empleo de autobuses urbanos movidos por electricidad. Ruedan ya por casi todas las ciudades europeas, incluidas las españolas, pero su presencia no pasa aún de ser anecdótica. En este segmento también la industria se ha puesto las pilas (nunca mejor dicho) y el cálculo que hacen es que para 2025 los autobuses eléctricos pasarán del 50%. A decir verdad no parece un planteamiento demasiado ambicioso para el enorme beneficio que comporta esa sustitución. Los autocares propulsados por energía eléctrica, además de evitar la polución atmosférica, son silenciosos, lo que contribuiría generosamente a rebajar los niveles de ruido, otra suerte de contaminación con efectos negativos nada desdeñables .

La hoja de ruta de los automóviles eléctricos parece trazada, pero no así los plazos de ejecución, y cuanto antes se cubran las etapas de transición y despejemos incertidumbres será mejor para todos. En manos de las administraciones, y en particular de los ayuntamientos, está el darle el empujón decisivo al coche eléctrico.