Un chalet con patas en Galapagar

CARMELO ENCINAS. DIRECTOR DE OPINIÓN DE 20MINUTOS
Carmelo Encinas, colaborador de 20minutos.
Carmelo Encinas, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Fue una pésima decisión. Convocar un plebiscito entre tus militantes para que sancionen si has hecho bien o mal en comprarte un chalet, aparte de estrambótico y africano, resulta políticamente desastroso.

Es obvio que cuando Pablo Iglesias e Irene Montero optaron por la consulta tenían la convicción de que saldrían reforzados del trance y vivirían felices comiendo perdices en la barbacoa de Galapagar. Un error craso de percepción que revela el abotargamiento prematuro de los sensores sociales, otrora tan afinados. Cualquier resultado de ese referéndum era malo para Podemos.

Si les bendecían las bases porque arrastra a toda la organización en favor de una operación cuestionada dentro y fuera de los círculos morados, lo que constituye un arma de destrucción masiva contra el relato de la casta y sus casoplones que tanta fortuna electoral cosechó. Si, por el contrario, les rechazaban decapitaba de un tajo al fundador y número uno de la formación y a su compañera sentimental, a la que invistió de un poder orgánico casi omnímodo.

Y en ambos supuestos, las abstenciones y votos en contra vendrían a poner blanco sobre negro las diferencias internas con el proceder de la dirección ya evidenciadas desde hace tiempo. No cabe peor gestión de una decisión personal, como la compra de una casa, sin duda legítima y propia de alguien que quiere lo mejor para su familia como cualquier español de bien.

De haber sido el asesor inmobiliario de la pareja, yo le habría aconsejado la adquisición de esa vivienda en La Navata, una pedanía de Galapagar de gran solera y rodeada de una naturaleza espléndida. De haber sido su asesor financiero, también habría bendecido la operación, el precio del chalet está muy ajustado para sus altas prestaciones y las condiciones de financiación de la hipoteca no pueden ser más preferenciales y ventajosas.

Pero de haber sido su asesor político nunca le habría recomendado la compra o, al menos, no presentarla de la forma en que lo han hecho. La excusa de preservar la intimidad de sus hijos no podía colar cuando se han aplaudido escraches en las casas de rivales políticos. Tampoco tiene un pase lo de que ellos compraban una casa para vivir y los otros para especular.

Si dentro de veinte años Irene y Pablo deciden vender su chalet y le pueden sacar un millón de euros, ¿renunciarán a la plusvalía? Lo más honesto y sincero habría sido comparecer ante la opinión pública y admitir que cuando se tiene una pareja estable y un proyecto de vida que incluye dos criaturas, que además vienen de golpe, te cambia la existencia y las cosas se ven de otra manera.

Recibirían también sus críticas, porque hoy se sobreactúa todo, pero se habría entendido mucho mejor que ese ejercicio de contorsionismo en el que han incurrido implicando a toda su organización. Una hipoteca establece un vínculo más fuerte que un contrato matrimonial y, a partir de ahora, se adelanten o no las elecciones, ese chalet de Galapagar les perseguirá, allá donde vayan, como si tuviera patas.

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