Es comprensible. Hay que entender que pasar en pocas semanas de la marginalidad y la irrelevancia al calor intenso de los focos provoca estados de euforia difíciles de controlar. Desde el pasado 3 de diciembre, en que las urnas de Andalucía certificaron la irrupción de Vox en la escena política, los de Abascal están en boca de todos, y no hay cálculo ni estrategia de partido que no cuente con esta formación.

Estar en posesión del hisopo que ha de bendecir el acuerdo del PP y Ciudadanos para desalojar al PSOE de la Junta de Andalucía les pegó tal subidón de autoestima que ya se ven ganando alcaldías, gobiernos regionales y hasta la Moncloa.

Solo los efectos lisérgicos de una sobredosis de moralina explica el contenido del programa que le pusieron el martes sobre la mesa al PP para apoyar la investidura de Juan Manuel Moreno. Una propuesta de 19 puntos, la mayoría de los cuales fueron, sin duda, redactados bajo los efectos de una borrachera de autocomplacencia y fervor ideológico.

Hay que alucinar mucho para pedir al candidato a la presidencia de Andalucía que en el primer acto público proclame su intención de desmantelar la autonomía que pretende gobernar. Hay que haber inhalado mucha fervorina para exigir un cambio en la fiesta de Andalucía en favor de la toma de Granada.

Y, en definitiva, hay que tener muy perdido el sentido de la realidad para demandar la expulsión de 52.000 inmigrantes sin papeles cuando los gobiernos regionales ni siquiera tienen competencias para aplicar una medida de esa naturaleza.

Aquel documento, que en efecto parecía elaborado en esa fase de exaltación de toda farra que suele preceder a la interpretación de cantos regionales, sumió en el ridículo a la dirección de Vox, que, tras la resaca, trató de poner paños calientes insistiendo en que sus demandas no eran órdagos sino propuestas. Al día siguiente hubo de negociar a calzón caído y firmó el acuerdo sin apenas obtener concesiones.

El PP se garantiza la investidura de Moreno Bonilla, pero dejándose algunos pelos en su propia gatera. Aquel manifiesto de Vox levantó voces de rechazo tan señaladas como las de Núñez Feijóo, Ana Pastor, Borja Sémper o el presidente de Murcia, López Miras, que ya recelaban de la maniobra de apareamiento por entender que de alguna forma se estaban dejando arrastrar por el discurso ultra.

Esa brecha en el PP viene a constatar el acierto de Ciudadanos en su estrategia de alejamiento de Vox y su empeño en no aceptar la foto a tres bandas que sus dirigentes le exigían. La formación naranja, vigilada por sus socios europeos desde Bruselas y el Palacio del Elíseo, sabe lo mucho que se juega en este trance.

Vox contamina políticamente porque no es solo un partido de corte populista con postulados preconstitucionales, antieuropeístas y marcadamente machistas, también es xenófobo e inmisericorde con quienes huyen de la guerra y el hambre. Entre sus peticiones, y bajo el pretexto de que colaboran con las mafias, está la ilegalización de los colectivos humanitarios que rescatan del mar a los inmigrantes y salvan sus vidas. Y eso no hay borrachera que lo justifique.