Empezó en un primero de octubre marcado en rojo y las órdenes, como en la caza del submarino de Sean Connery, también vinieron de Moscú. En ese mes crítico en el conflicto de Cataluña, ese tiempo fatídico en que el independentismo trató de arrodillar al Estado de derecho por la vía de los hechos consumados, los hackers rusos intervinieron para introducir mensajes favorables al secesionismo. La cacería emprendida por los piratas informáticos fue despiadada. Introdujeron en las redes toda suerte de falsedades para perjudicar a España y favorecer la intentona independentista.

Es lo que ha comprobado el Departamento de Estado norteamericano, que la pasada semana se declaró públicamente preocupado por la injerencia de los delincuentes cibernéticos en el conflicto de Cataluña. Si alguien cuenta con información para pronunciarse sobre el asunto con conocimiento de causa, esas son las agencias de inteligencia norteamericanas, que llevan investigando a los piratas rusos desde los tiempos de Barack Obama. Sus servicios secretos tienen la convicción pero no la evidencia de que la mano que mece esa cuna es la del propio Vladimir Putin. Ni tienen la prueba que lo demuestre ni será fácil que lo logren de forma fehaciente porque, tinglados informáticos como los que actúan en este teatro de operaciones, pueden montarse en cualquier sórdido garaje y funcionar en forma de células aisladas sin conexión aparente con el Kremlin.

La pista más fiable en toda acción delictiva suele ser la determinación del móvil, y tanto en el caso de Cataluña como en los del Reino Unido, Francia y por supuesto Estados Unidos, donde aún se rastrea la irrupción de los hackers en favor de Trump, parece claro que la intención no ha sido otra que  desestabilizar Occidente.

El punto débil de España es ahora Cataluña y por ahí atacan con la inestimable ayuda del enmohecido inquilino de la embajada ecuatoriana en Londres. A la jaula dorada de Julian Assange acudió el pasado día 9 el mecenas de Puigdemont y promotor interesado del independentismo Oriol Soler. Cuatro horas reunido con el ciberactivista en las que se sospecha estuvieron preparando la campaña del 21-D. Soler lo niega, pero en cuatro horas se hace algo más que tomar café. El temor es que la candidatura del ya enloquecido expresident vaya jalonada por la difusión en las redes de miles de desinformaciones y mensajes falsos.

El miércoles pasado en el Congreso Rajoy se mostró confiado en que los recursos del Estado puedan conjurar cualquier intento de interferencia o sabotaje de las elecciones catalanas por parte de desestabilizadores extranjeros. Pero conviene recordar que Holanda, que no es una república bananera, decidió escrutar a mano los votos de sus elecciones generales para evitar que los hackers las alteraran. La caza que la jauría informática acometió en el octubre rojo de Cataluña acechará de nuevo en diciembre. Y todas las alertas serán pocas.