En la Transición hicimos un buen trabajo

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Cuando, hace un par de años, entregué en la editorial el libro que me había pedido sobre la Transición (333 historias de la Transición, se llamó la criatura), mi jovencísima editora hizo un comentario que, sin querer, iba al meollo de la cuestión:

-Hablas mucho de la dictadura.

-Pues claro -le contesté-. Es que la Transición es eso: el tránsito de una dictadura a una democracia. La mitad es dictadura y la otra mitad, democracia. Porque la Transición no empieza cuando muere Franco, sino mucho antes: cuando sus víctimas empiezan a jugarse la vida para instaurar una democracia. Sin hablar de la dictadura y de quienes luchan contra la dictadura, no se puede entender la Transición.

Esa historia, que en estos dos años he tenido que recordar docenas de veces por toda España, empieza con un himno fascista, el Cara al sol, que los niños tenían que cantar en las escuelas y los padres en la plaza del pueblo, con el brazo en alto, en las ocasiones señaladas. Esos padres, que tuvieron la rara fortuna de no terminar en una cuneta o en el exilio, vivieron cuarenta años condenados a la muerte civil, que es el silencio. Esos niños se criaron sin ver un beso de amor, porque estaban prohibidos en el cine y multados en la calle, aunque hay algo peor que una multa o el guantazo de un policía: es el miedo a la multa o al guantazo. Con la Transición terminaron cuatro décadas de miedo, que es el instrumento que usan terroristas y dictadores para paralizar a la sociedad.

Si del terror paralizante de la dictadura pasamos a un sistema de convivencia democrático no fue por la muerte de Franco: fue porque muchas personas llevaban muchos años luchando por esa democracia. La Transición no fue el resultado de manejos palaciegos (aunque alguno hubo y ese rey que olvidaron el otro día hizo un estupendo papel): fue el resultado de la lucha de cientos de miles de personas. Y no se hizo en los despachos: se hizo en las calles, las aulas, las casas parroquiales, las minas, las camas, los cuarteles, las redacciones, los bufetes de abogados, los comités de empresa... Tampoco se hizo de espaldas al pueblo: fue un proceso exigido, urgido, animado y vigilado desde la calle por los ciudadanos, que además lo sancionaron en las urnas y al final estaban todos contentísimos. Quedaron cabos sueltos, pero también instrumentos democráticos para atarlos; quedaron candados cerrados, pero también las llaves para abrirlos. La prueba es que en 1982 esos ciudadanos borraron del mapa político, con su voto, a quienes habían conducido ese tránsito: el PCE de Carrillo y la UCD de Suárez. El uso que hayamos hecho después de esos instrumentos es otra cuestión. Pero en la Transición hicimos un buen trabajo, de eso no puede haber duda.

Por eso me entristeció ver, el otro día, que en un mismo parlamento se rendía homenaje, en dos actos diferentes, a las elecciones de 1977 y a los luchadores antifranquistas. No me cabe en la cabeza esa separación. La construcción de la democracia no es algo que se pueda separar de la lucha contra la dictadura. La Transición fue el resultado del esfuerzo de quienes lucharon durante décadas contra el franquismo, con riesgo de sus vidas. De su encuentro con quienes evolucionaron desde el régimen, conscientes de que no era posible el franquismo sin Franco, salió una Constitución que nos ha servido como pauta de convivencia durante estos cuarenta años y podría servir, con unos cuantos retoques, para muchos años más. En circunstancias muy difíciles (el fantasma de la guerra civil seguía tan vivo como esos militares que aun creían que el país era su botín de guerra) hicieron una de las constituciones más avanzadas, progresistas y versátiles de la tierra. Si esa Constitución sigue siendo así, cuarenta años después, es porque tiene el sello de quienes se jugaron la vida contra la dictadura. No deberíamos despreciar su memoria ni los resultados de su lucha.

 

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