Hace siglos, cuando Felipe González comenzaba su largo declive como presidente, la corrupción empezaba a hacer mella en su crédito y cundía en su partido la preocupación por el futuro, el horror vacui de los socialistas se hizo carne en una feroz pelea interna por el poder que sus protagonistas intentaban disfrazar de disputa ideológica. Entiéndase, claro, que cuando hablamos de 'los socialistas' no nos referimos a los socialistas en general, sino a aquellos socialistas que vivían de ser socialistas, convertida ya la política en oficio o en negocio, y no solo veían en peligro sus ideales, sino también sus ingresos. Estaban divididos en dos bandos: 'los renovadores', afines a Felipe González y sus posiciones, cada vez más alejadas de la izquierda clásica, y 'los guerristas', presuntos defensores de los principios clásicos de la izquierda. En el primero de esos bandos estaba Joaquín Leguina, presidente de la Comunidad de Madrid, a quien escuché un certero diagnostico de la situación:

—En el silencio de las ideas, se oye el rumor de las facas.

Días después hablé con Pepe Acosta, líder en la penumbra del guerrismo madrileño, y amigo de sentencias tan sabias como "donde no hay mata, no hay patata". Si Leguina me había dado el más afinado diagnóstico, Acosta me dio la más exacta descripción:

—Esto no es una carnicería: es una casquería, con las vísceras de acá para allá.

¿Por qué me acuerdo ahora de esas cosas? Porque, iniciado el largo declive de Mariano Rajoy como presidente, ya no es rumor sino fragor de navajas el que suena en el silencio de las ideas y no es carnicería sino casquería la que tiene sus puertas abiertas de par en par. Los protagonistas ya no son los socialistas, que ni tienen poder ni —peor aún— expectativas. Los protagonistas son los del PP (entiéndase, como en el caso anterior, los que viven de ser del PP) cuyo poder menguante provoca inquietud creciente. El nerviosismo deviene crispación cuando, como está ocurriendo estos días, las encuestas adversas coinciden con los hallazgos que va haciendo la justicia sobre episodios de corrupción que ni son aislados ni pertenecen a un remoto pasado, por más que insistan. Impresionante verlos blandir las facas con las aguas fecales hasta el cuello. Unos por despecho, otros para aliviar su futuro carcelario o para hacerse valer, mediante nada sutiles amenazas: en esto estamos todos metidos; o me apoyáis o intento que os hundáis conmigo. Sublime, en este sentido, la declaración ante el juez de Paco Granados. El presunto delincuente, otrora fervoroso cruzado de recortes y privatizaciones (con notorio instinto político, se proclamaba incluso partidario de privatizar la seguridad de las prisiones), está dando grandes tardes de gloria a la casquería nacional.

Que esté en un gran momento esa casquería no quiere decir que hayan cerrado las carnicerías. Ahí siguen también, igualmente animadas, la catalana, la de la izquierda desnortada o esa otra en la que se ha convertido la relación del PP con sus socios de Ciudadanos, envalentonados por el resultado de Cataluña y por las encuestas favorables. Otro de los socios, el nacionalista vasco Andoni Ortuzar, ha llegado a decir de Albert Rivera que "quiere ser el Macron, pero es el Berlusconi" y que su partido "es el mayor problema que tiene hoy en día la política española". El estadista Martínez Maillo ha tirado de descarnada metáfora cárnica: "Los de Ciudadanos están siempre dispuestos a sacar tajada". Espléndida expresión, "sacar tajada" para explicar el fin último de esa mezcla de oportunismo y populismo que domina la política española contemporánea y que, desde luego, no practica en exclusiva Ciudadanos. Ya les vale. Por muy afiladas que tengan las navajas y mucho que sea su estruendo, en el clamoroso silencio de las ideas, ya casi no quedan tajadas para repartir. A este paso van a tener que conformarse con las vísceras.