Ocurrió en Bucarest, en abril de 1963, en un chalé de tres plantas vecino del Museo de Historia del Movimiento Revolucionario. Ahí estaba la redacción de Radio España Independiente, una emisora del Partido Comunista conocida como Radio Pirenaica. Hasta ahí llegó Santiago Carrillo, omnipotente secretario general del PCE, para echar una monumental bronca a los jóvenes redactores de la emisora clandestina.  ¿Qué es lo que le había molestado tanto? Que esos jóvenes, conmocionados por la ejecución de un dirigente del partido, Julián Grimau, habían hecho en antena un juicio paralelo a los ministros de Franco:

— Muñoz Grandes.

— Asesino.           

— Camilo Menéndez.

— Asesino.

— Fraga Iribarne.

— Asesino.

Entre esos jóvenes estaba el hijo de un panadero catalán, Jordi Solé Tura, que quince años después sería redactor de la Constitución Española y del primer Estatut d’ Autonomia de Catalunya. Le sorprendió la  reprimenda:

-¡Que no vuelva a ocurrir! ¡Con alguno de esos ministros tendremos que pactar nosotros!

Evidentemente, Carrillo se había tomado en serio la política de 'reconciliación nacional' que planteó por primera vez en un artículo en 1955 e incorporó a la estrategia del PCE en 1959, cuando accedió a la secretaría general. Entrados ya los años 60 nacían las Comisiones Obreras y empezaban a hacer la guerra desde dentro de las instituciones franquistas, se empezaban a remover los universitarios, levantaba el vuelo el 'espíritu evangélico' y entre las familias del régimen tomaban fuerza los partidarios de una economía más abierta. Profesionales y altos funcionarios, pertenecientes al bando ganador de la Guerra Civil, fueron represaliados por participar en Múnich en un encuentro con exiliados, pertenecientes al bando perdedor; también ellos pensaban que no podría haber franquismo sin Franco. 

Eso es lo que construyeron en la Transición: una democracia de las quince o veinte más avanzadas de la tierra

Unos y otros estaban colocando los cimientos del sistema democrático. Y eso es lo que construyeron en la Transición: una democracia de las quince o veinte más avanzadas de la tierra. No fue por casualidad: en su redacción (y en la de un texto previo fundamental para entender ese proceso, los Pactos de la Moncloa) se advierte la influencia de unos activistas de izquierda que se habían jugado la vida en contra de una dictadura. Aún hoy, la Constitución que sustenta esa democracia es ejemplar en muchos aspectos y así lo entienden personajes tan poco sospechosos como Julio Anguita:

— Lo que hay que hacer con esta Constitución es cumplirla.

¿Y por qué viene a cuento esta mirada histórica? Porque estos días, con motivo del debate sobre Cataluña, estamos volviendo a oír cosas raras sobre ese proceso histórico, que algunos llaman despectivamente 'el régimen del 78', a sabiendas de las terribles connotaciones que en España tiene la palabra régimen, o intentan ningunearlo con un adjetivo ajeno a la realidad histórica: 'transición tutelada'. Tutelada, ¿por quién?  Si acaso por los ciudadanos. Ese fue un proceso reclamado, protagonizado, urgido y vigilado en las calles (incluidas las del Eixample de Barcelona) por los propios ciudadanos, que además lo sancionaron en las urnas: desde la reforma política de Suárez en 1966 hasta las elecciones generales de 1982, en las que esos ciudadanos, con su voto, borraron del mapa a la UCD y al PCE. No estaría todo tan tutelado ni tan cerrado con candados cuando el resultado fue el desguace de los dos partidos más representativos del pacto constitucional.

Pero aquí estamos, cuarenta años después, oyendo a personas de orientación ideológica diferente, pero con una misma inclinación hacia el oportunismo, decir alegremente que la democracia ha muerto, que la dictadura ha vuelto o que hay que superar por la vía de los hechos ‘el régimen del 78’. Ni la democracia ha muerto ni la dictadura ha vuelto ni deberían olvidar que gracias a ese régimen, que no es otra cosa que una democracia avanzada, existen las instituciones a las que deben el sueldo y el estatus.