Imaginas que en el futuro los historiadores hablaran del Abrazo de Zaragoza, la Entente del Ebro o, más bonito todavía, el Pacto del Ternasco? Semejante ocurrencia se me vino a la cabeza el 20 de agosto, durante el funeral por las víctimas del atentado de la Rambla (esas que ahora nadie recuerda, como tampoco recuerda nadie la actuación de unos mossos que parecían sacados del Far West). Viendo en la Sagrada Familia a Rajoy, Mas y Puigdemont, me acordé de Aznar, Pujol y Duran i Lleida cenando con sus señoras en el Hotel Majestic, de Suárez y Carrillo hablando a escondidas en el chalé de Mario Armero, durante cinco horas que cambiaron España, de discretos encuentros entre políticos de Madrid y Bilbao en el Hotel Landa de Burgos, del encierro de los ponentes constitucionales en el Parador de Gredos y del primer viaje oficial del ya president Tarradellas a la Moncloa, por carretera y haciendo noche en Zaragoza, en el Hotel Corona de Aragón. Ahí me vino la idea. Perderíamos una gran oportunidad —de hecho, la perdimos— si Rajoy, Mas y Puigdemont no aprovechaban la proximidad física y espiritual del momento para hacer una propuesta:

—¿Por qué no quedamos un día en Zaragoza, que está a medio camino, nos tomamos unos vinos y hablamos de nuestras cosas?

No ocurrió ni ocurrirá, pero la historia de este conjunto de pueblos, emociones y problemas que llamamos España habría tomado nuevos rumbos si hubieran dado eso paso. Imagínatelos. Unas anchoas en Bodegas Almau, del Tubo, unos champis en el bar de la esquina y unas madejicas en el Pascualillo antes de proceder al inevitable ternasco, con unos vinos del Somontano y unas horas por delante para ver cómo pueden encajar en España las ideas e intereses de dos millones y pico de españoles que no se sienten a gusto con la legalidad vigente, pero no pueden cambiarla.

Aunque hoy parezcan imposibles, algún día veremos escenas parecidas. La política puede ser pacto o discrepancia, acuerdo o desacuerdo, pero nunca puede dejar de ser palabra. No es casualidad que el templo mayor de la democracia sea el parlamento: sin diálogo entre diferentes no hay democracia que valga.

¿Y por qué vuelvo a la carga con estas ocurrencias? Porque hemos entrado en una nueva etapa, aunque Puigdemont, con su siempre genial estrategia de comunicación (en ese contexto hay que valorar sus wasaps) quiera perpetuar la actual. Los independentistas de ERC se han plantado y han dicho a los neoindependentistas exconvergentes que ya está bien de mártires, que no tiene sentido una investidura que enseguida será declarada nula, con sus promotores imputados. Entre Estremera y la Plaza de Sant Jaume, los viejos roqueros de Esquerra lo tienen claro: prefieren Sant Jaume, lo que requiere planteamientos más realistas y acuerdos más claros. No están los tiempos para procesos revolucionarios ni para arriesgar el tipo por quien solo puede ser president unos minutos, salvo que pase primero por el aro de la ley.

Hechos probados: ERC ha abierto nuevas vías a la política. Los secesionistas intentarán ahora recomponer su unidad, porque nada une más que la expectativa de poder, que ahí sigue; pero parece claro que eso tendría que ser con otro candidato y en esta nueva etapa, más pegada a la realidad y a la legalidad, se pueden producir otros movimientos en el mapa. Los cuatro diputados de la CUP pueden quedar fuera de juego, por propia voluntad, y otros jugadores como En Comú Podem y el PSC pueden volver a la cancha. Igual va llegando incluso la hora, aunque a Rivera le espante, de terminar con la división entre bloques. ¿Por qué perpetuar unos bloques que, por su propia naturaleza, nos tienen bloqueados? ¿Por qué no soñar, ya puestos, con un histórico Pacto del Ternasco? Seamos realistas, exijamos lo imposible. O eso o elecciones, para seguir en las mismas por tiempo indefinido. Y con el doliente Puigdemont de candidato, expuesto de por vida en Waterloo.