Sé muy poco de Sabrina Vega. Sé que es una ajedrecista canaria, que en febrero cumplirá 31 años, que ha ganado varios campeonatos (el de España, cuatro veces), que ha participado en olimpiadas y campeonatos europeos y es (absurda denominación) 'Maestro Internacional Femenino de Ajedrez'. Sé una cosa más: que renunció a participar en el reciente torneo mundial de Riad, Arabia Saudí, porque la Federación Internacional lo montó con prisas, sin dar información suficiente a las jugadores y sin aclarar si tendrían que cumplir obligaciones ajenas a sus convicciones, en un país donde las mujeres son personajes secundarios. Como no lo veía claro, no fue.

En su memoria, el mal rato que pasó en Irán la ucraniana Anna Muzychuk cuando la obligaron a jugar con velo y abaya, junto con otras normas de control de las mujeres. La hermana de Anna, Mariya, fue la primera que se negó a competir en esos países y en esas condiciones, seguida por la estadounidense Nazí Paikidze-barones y la ecuatoriana Carla Heredia. "Es inaceptable -comentó Paikidze- organizar un campeonato del mundo femenino en un lugar donde las mujeres no tienen derechos básicos y son tratadas como ciudadanos de segunda clase". Este año, ninguna de las cuatro ha ido a Riad, renunciando a títulos y ganancias.

Y del ajedrez, al cine. La noche del 7 de enero el mundo entero contempló la gala de los Globos de Oro en la que todos los participantes vestían de negro. Mostraban su rechazo al acoso sexual, una extendida manifestación de abuso de poder en ámbitos laborales que nunca, hasta hace unos meses, había sido noticia. La iniciativa de las actrices, a la que se sumaron los actores, ha abierto un debate a escala mundial. Yo expresé en su día el temor a que ese debate, amplificado por las redes sociales, fuera efímero. Pero no. En Hollywood, siempre sensible a los derechos humanos, no parecen dispuestos a soltar la bandera contra unas prácticas que no se dan solo en los despachos de grandes productores sino también en los más sórdidos talleres de remotos polígonos industriales.

Fue una mujer, Lucia Evans, la que dio el primer paso denunciando a un poderoso productor, Harvey Weinstein. Desde entonces ya lo han dado otras muchas y muchas más se han sumado a la campaña 'Me too'. Fue también una mujer. Mariya Muzychuk, la primera que plantó cara a la discriminación por sexo en Iran y los países árabes. Reyes, ejecutivos, periodistas, políticos, funcionarios, empresarios y turistas visitan a diario esos países y hacen -hacemos- la vista gorda respecto a esa discriminación.

Es probable que esas mujeres nos estén metiendo a todos en una nueva etapa en la defensa de los derechos humanos

La noticia, hoy, es que las mujeres han puesto pie en pared. Es una noticia histórica. Es probable que esas mujeres nos estén metiendo a todos en una nueva etapa en la defensa de los derechos humanos. Con sus actos podrían contribuir a transformar el mundo como contribuyó en 1955 otra mujer, la americana Rosa Parks, cuando se negó a ceder el asiendo a un hombre blanco y a trasladarse a la parte trasera del autobús, como obligaban las leyes racistas vigentes. La revista Time ha proclamado personaje del 2017 al movimiento 'Me too' y para la editorial Merriam-Webster 'feminismo' es la palabra de un año que empezó con una 'marcha de las mujeres' contra Trump. Tomen nota quienes en España usan esa palabra en términos despectivos.

El movimiento ya está dando resultados. En Hollywood se le ha acabado la bula a las vacas sagradas y en Estados Unidos barajan el nombre de Oprah Winfrey como candidata a la presidencia tras su espectacular discurso en los Globos de Oro anunciando 'un nuevo amanecer'. En el torneo de Riad, finalmente, las ajedrecistas pudieron vestir como les dijo la gana, tras un acuerdo de última hora de la federación y el gobierno. Atentos a la partida, que no ha hecho más que empezar. A diferencia de ciertos cenutrios que ocupan a diario espacio en las primeras planas, esas mujeres están haciendo Historia.