Micromachismo, neomachismo y despatarres

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Siguiendo la senda iniciada por otros municipios europeos y americanos el ayuntamiento de Madrid ha anunciado una campaña contra la costumbre de espatarrarse o despatarrarse en el transporte público, invadiendo el espacio del vecino o dejándolo directamente sin espacio. Sostienen los promotores de la campaña que esa costumbre está especialmente extendida entre los varones, a quienes a partir de ahora se advertirá con oportunas pegatinas igual que se advierte de la prohibición de fumar o de otras normas básicas de convivencia. La convicción de que esta costumbre es mayoritaria entre los hombres está tan arraigada que la palabra original que se utiliza en inglés es 'manspreading', cuya traducción literal seria, más o menos, 'expansión masculina'.

Utilizo a diario el metro y otros transportes públicos. Desde que comenzó en las redes sociales el debate sobre el 'manspreading', entendido como una manifestación cotidiana de micromachismo, he prestado atención para ver si la cosa es para tanto. Salta a la vista: un elevado porcentaje de usuarios manifiesta una fuerte tendencia expansiva que le lleva a ocupar el espacio ajeno abriendo las piernas de par en par, colocándolas sobre el asiento de enfrente o doblándolas sobre el asiendo de al lado, salvo que lo hayan ocupado antes con la mochila, la bolsa, el bolso o el abrigo. No he podido confirmar que en esa conducta sean mayoría los hombres o las mujeres. He visto machos cabríos que marcan el territorio con actitud desafiante (emitiendo en ocasiones los efluvios olorosos que se usan a tal fin en el reino animal) pero también he visto afanes expansivos en señoras de todas las edades y adolescentes de todos los sexos.

Llegado a ese punto, podría decir lo que tantos han dicho estos días: que esto no es cuestión de machismo sino de educación. Podría añadir, además, que la mayor parte de la gente que viaja en metro se muestra respetuosa y aplica las normas de convivencia. Sin embargo, me temo que esta campaña, con sus expresas referencias al machismo, tiene fundamento. Desde haces años vengo advirtiendo con espanto la proliferación de conductas machistas en todos los órdenes de la existencia, tanto en la vida pública como en la privada. Hace un par de semanas, en este mismo espacio, incluí el 'neomachismo' entre los asuntos de máxima gravedad a los que debería dedicar un pleno extraordinario el parlamento. No hace falta ser sociólogo, ni desde luego concejal, para advertirlo. Basta con andar por la calle, asomarse a las redes o a la televisión. En materia de liberación de la mujer, equiparación real de derechos y relación entre sexos no están mucho mejor las cosas ahora que en los años de la transición, que fueron años de sueños compartidos, o en los primeros de la democracia, que fueron años de libertad en común. Cuando advierto que los jóvenes de los 70 cantaban "libre te quiero pero no mía" y los de 2017 expresan su amor con candados, se me ponen los pelos de punta. No es que hayamos avanzado poco: es que en algunas cosas hemos retrocedido.

El problema no es un que un tío se abra de patas en el metro. El problema es que se abra de patas en el cuarto de estar de su casa mientras le exige a voces una cerveza a su hermana, su madre o su novia, cuyos movimientos, amistades y whatsapps somete a riguroso control. El problema es que haga cosas parecidas el jefe de una empresa, el líder de una organización o el profesor. El problema es ver a una multitud en un estadio llamando puta a la mujer de un jugador, recordar la cifra de víctimas de la violencia machista, oír usar en términos despectivos la palabra feminismo o equipararla, como hizo una lumbrera de la tele, con la palabra machismo.

El problema, en fin, es que detrás de esos micromachismos, que a simple vista pueden parecer imperceptibles, esté uno de nuestros mayores déficits de convivencia y no lo queramos ver. En algo ayudarán las pegatinas.

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