El 30 de diciembre de 1980, el periodista José Antonio Gurriarán, hermano menor de mi madre, fue a la Gran Vía de Madrid con Mari Carmen Pérez Luna, su mujer entonces, para ver la película Manhattan, de Woody Allen, que se acababa de estrenar. Mientras ella hacía cola para comprar las entradas, él fue a dejar el coche en al parking de Plaza de España. Al salir vio un tumulto, oyó sirenas y advirtió que la zona del cine estaba acordonada por la Policía. "¡Ha estallado una bomba!", le explicaron. Buscó una cabina telefónica para llamar al periódico Pueblo, donde trabajaba. Los periodistas, en aquel tiempo, pensaban que las cosas no ocurrían hasta que no las contaban sus periódicos.  En la cabina hizo explosión otra bomba, que le destrozó las piernas y, en buena parte, la vida.

Pensaban que las cosas no ocurrían hasta que no salían en sus periódicos

Más de un año tardó en salir del hospital con dos muletas, calzado especial, dolores crónicos y las extremidades inferiores convertidas en retorcidos alambres. Más de treinta y cinco pasó luego peleando para no terminar en una silla de ruedas, aunque ahora no le quede más remedio que llevar sobre ruedas su buen humor, su retranca, sus ganas de vivir, su energía inagotable, su espléndida cabeza, el instinto de periodista que ha tenido siempre y su espíritu cívico ejemplar, de ciudadano crítico, peleón y consciente.

En 1981, estando todavía mi tío (que para mí ha sido siempre como un hermano mayor) entre uvis y quirófanos, advertí dos cosas que me dejaron asombrado. Una, que en medio de las vendas, las poleas, los tubos y los cables estaba haciendo ejercicios para recuperar unas piernas por las que los médicos no daban un duro.

—Me han dicho que no es malo que intente moverlas. Y en ello estoy.

Pensaba que el bálsamo del dolor propio nunca estaráen el dolor ajeno

La otra es que, ya entonces, estaba buscando respuesta a una pregunta para la que la expresión "son unos hijos de la gran puta" no le parecía suficiente:

—¿Por qué pusieron esa bomba?

Se sabía ya el quién: un grupo terrorista llamado Ejército Secreto de Liberación de Armenia (Asala). Pero no se sabía el porqué. El que daban ellos en sus comunicados ("que el mundo tome conciencia del problema armenio,  tras el genocidio cometido por los turcos en 1915") no era suficiente, desde luego. Si para transmitir al mundo su dolor alguien causa dolor a inocentes, algo está fallando en sus mecanismos mentales, en algo ha perdido su condición de ser humano.

Buscando respuesta a esa pregunta (que no era solo la de un inocente herido, sino también la de un ciudadano inquieto y un periodista tenaz) localizó a la planta mayor del Asala, que estaba en el Líbano, cogió las dos muletas y se fue a hablar con ellos. Presumiendo que la respuesta que iban a darle no sería del todo satisfactoria, en la mochila llevaba su propia propuesta: un libro de Luther King. El líder negro americano pensaba (como Gandhi, de quien Gurri es devoto) que a la violencia no se debe responder con violencia, que a la muerte no se debe responder con muerte, que el bálsamo del dolor propio nunca estará en el dolor ajeno.   

Treinta y seis años después, la historia de Gurriarán ha sido llevada al cine por un espléndido director francés, Robert Guediguian, hijo de armenio y alemana, conocido por su cine social, un poco en la línea (para que me entiendas) de Costa Gavras. La película, que ha pasado por Cannes, se acaba de estrenar, en los cines Golem. Se titula Una historia de locos  y es un peliculón. Impresionante. Una de las reflexiones más importantes que se han hecho nunca sobre la violencia terrorista.  Si puedes, no dejes de verla.

Entre tanto, va llegando el momento de que le diga a mi tío algo que seguramente sabe: que soy periodista por su culpa; que con él he aprendido a ir por el mundo mirando, hablando, intentando entender y contando. Y que no siempre nos contestarán como esperamos, pero si algo aportamos todavía los periodistas a esta sociedad, falta de respuestas, es que siempre tenemos en la recámara una pregunta.