La historia no se juega a cara o cruz

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Aquel brigada franquista, baboso y borracho, al que conocí a deshora en un bar de las afueras de Almería, presumía de tener la solución para terminar con ETA:

-Eso lo arreglaba yo poniendo un infante de marina por cada vasco.

Han pasado cuarenta años, pero me acuerdo de ese patético individuo cada vez que alguien, como Trump, predica soluciones drásticas para problemas complejos. Volví a acordarme el miércoles, viendo el placer morboso, la alegría con la que algunos aplaudían en las redes sociales, o a pie de barra, la entrada de guardias civiles en despachos de la Generalitat para detener a sus ocupantes. No discuto las razones ni pongo en cuestión la rectitud del juez que ordenó esas detenciones ni olvido que la responsabilidad primera es de quienes han cometido delitos en esos despachos. Pero la democracia es un mundo de formas y en la convivencia las emociones pesan tanto como las leyes. La imagen de los guardias entrando en esos despachos a mí no me da morbo ni alegría: me da miedo, preocupación y tristeza. Y lo mismo me pasó con la inmediata (y previsible) llamada a ocupar las calles, como respuesta a la acción de la Justicia.

En esas andamos, a lomos de la tristeza, el miedo y la preocupación, que no disipa Rajoy cuando dice que debemos evitar 'males mayores' ni Cristina Narbona cuando habla de evitar 'consecuencias más graves'.  Es doloroso hablar de lo obvio, ya sea recordando el refranero ("quien mal anda mal acaba") o a Murphy ("todo lo que va mal es susceptible de empeorar"), pero más doloroso es tener que defender lo obvio, eso ya lo dijo Bertolt Brecht:

-¡Qué tiempos vivimos, que hay que defender lo obvio!

¿Qué es lo obvio, en los tiempos que vivimos? Que la democracia se defiende con democracia, lo que implica una nítida separación de poderes y una proporcionalidad en la defensa de la ley para evitar, precisamente, males mayores. Que la fortaleza y la justicia no valen sin la templanza. Que hay que golpear con el mazo de la ley, pero sin dejar de rogar al dios del diálogo. Que bien está defender la legalidad pero también recordar, como hace Manuela Carmena, que "el Derecho Penal no cambia las ideas".

Es también obvio —dirás tú — que el arriba firmante da síntomas de cierta confusión. Es verdad. Además de estar harto, estoy confuso. Cuesta abajo y sin frenos, como vamos, echo de menos referencias intelectuales y líderes con sentido de  la Historia. ¿Qué diría Labordeta, que con tanto desparpajo defendía la libertad y la decencia? ¿Qué dirían Carrillo o Suárez, que se dejaron el pellejo en la construcción de una democracia que enseguida los dejó fuera de juego? ¿Qué diría Vázquez Montalbán al ver el magma en que ha desembocado el pujolismo? ¿Qué dirían los padres del europeísmo, al ver cómo en Cataluña han desaparecido, de un día para otro, la democracia cristiana y la socialdemocracia? ¿Qué dirían los clásicos de la izquierda internacionalista, al ver las variadas especies de izquierda que hoy se disputan espacio en España?

Igual decían que esto está lleno de oportunistas. Que mientras unos idean la estrategia de "ver qué sacamos o cómo salimos de ésta" otros aplican la táctica de mear el territorio y en tierra de nadie quedan los demás: los equidistantes, los moderados, los tibios, los ajenos a los nacionalismos de cualquier especie, los que prefieren usar la razón que agitar las emociones. Cada día lo tienen más crudo. Las circunstancias invitan a la radicalización, a tomar partido hasta mancharse, como proponía Celaya.

Menos mal que apostar por la concordia es también una manera de tomar partido y abogar por el entendimiento es tan válido como atrincherarse en ideales contaminados por intereses y emociones primarias. Menos mal que se puede ser radical en la defensa de la convivencia en paz e incluso en la defensa de lo obvio. Porque aquel brigada baboso estaba muy equivocado: la Historia no se puede jugar a cara o cruz.

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